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RESIDENCIA EN LA TIERRA, DE PABLO NERUDA

 

En su adolescencia, Neftalí Reyes, nacido en 1904, conoció la obra del modernista Rubén Darío, del neoromántico Rostand y de los poetas simbolistas franceses, especialmente Rimbaud y Baudelaire. Éstos se los había enseñado la nueva Directora del Instituto de Niñas de Temuco, la gran poeta, pensadora y educadora chilena Gabriela Mistral.

 En 1920, al publicar su poema “Hombre”, firmó con el seudónimo conocido mundialmente: Pablo Neruda. En ese momento se trasladó de Temuco a la capital, Santiago, donde ingresó al Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, para estudiar francés.

 En 1923 publicó su primer poemario titulado Crepusculario. Al año siguiente Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Ambos de enorme reconocimiento, incluso éxito, a pesar de su corto tiraje editorial. Caracteriza a estas obras un ímpetu adolescente y sensitivo, a la vez erótico y melancólico, con temáticas que vinculan amor y naturaleza, y un marcado estilo neoromántico, cercano a Rostand, y un lirismo modernista, influjo de Darío.

 Posteriormente, en 1926, publicó el poemario vanguardista Tentativa del hombre infinito, la novela El habitante y su esperanza y Anillos, prosas poéticas escritas en asociación con Tomás Lago. También publicó asiduamente en distintas revistas, como Claridad, Zig-zag y Atenea.

 En 1927 obtuvo su primera designación como Cónsul, en Birmania. Ya en 1925 había comenzado a redactar los poemas que conformarán la primera Residencia en la Tierra (1925-1931), que serían publicados en Santiago, en 1933. Luego, dos años después y uno antes de la Guerra Civil Española, fue publicada la versión definitiva, incorporando el Libro 2, con poemas escritos entre 1931 y 1935.

 En 1937 publicó España en el corazón: himno a las glorias del pueblo en la guerra, poemario escrito entre el 35 y el 36, donde expone los horrores de la Guerra Civil, situándose en el bando republicano e iniciando con él la imagen de poeta comprometido y combatiente. En otras palabras: es el comienzo de la asociación de la obra de Neruda a la política, que él mismo promueve y difunde.

 Es, de hecho, en ese periodo que empieza a escribir Tercera residencia (1947), en la que trabajará en los años 1935-1945, ya bajo el influjo y el compromiso con la lucha de los republicanos españoles contra la dictadura franquista, donde incluirá “España en el corazón”, además de otros títulos como “Reunión bajo las nuevas banderas”, “Canto a Stalingrado” y “Canto al Ejército Rojo…”.

 Entre el neoromanticismo y el compromiso político nerudiano, se encuentra el poemario Residencia en la tierra, que nos permite salir de esa supuesta linealidad que va del sujeto ensimismado al combatiente, del lirismo a la epopeya, y que restringe tan banalmente la lectura de un poeta de la talla de Neruda… Este poemario cuestiona, invade, despedaza dicha interpretación. La presencia constante de la “espada”, por ejemplo, antes de ser símbolo del combatiente republicano, se asocia a la tradición poética medieval (la más profunda de las tradiciones poéticas, junto a la greco-latina), y lo mismo sucede con la presencia de las “doncellas”[1]. La “espada” penetra la realidad, la escinde, dando paso a la poesía.

 Y es que incluso Canto general (1950) no puede ser restringido a un poemario social, histórico y político. Es aquello y más. Es poesía, universal y absoluta. Residencia en la tierra nos abre esta perspectiva de resignificar toda la obra nerudiana, tanto de su juventud como de su madurez.

 No sólo será considerado un libro decisivo en la bibliografía del autor, sino de la poesía hispanoamericana. Gabriela Mistral y García Lorca (a quien Neruda conoció en Buenos Aires) lo previeron. Y la influencia que ejerció posteriormente en los jóvenes Enrique Lihn, Jorge Teillier y Gonzalo Rojas, es decir, en tres de los principales poetas nacionales de la segunda mitad del siglo XX, fue tan importante como la de Poemas y Antipoemas de Nicanor Parra (1954).

 Por ejemplo, es evidente la clara y significativa influencia que sobre Enrique Lihn ejercieron “Caballero solo”, “Walking Around” y “Oda a Federico García Lorca”, tres de los más exquisitos y sorprendentes poemas de Residencia en la tierra.

 Los poemas del Libro 1, son parte de su vagabundeo por Chile, tras abandonar sus estudios en el Instituto Pedagógico, y su ocupación de diplomático, por el mundo; no sólo Argentina y España, sino del Lejano Oriente: Birmania, Ceilán, Batavia… En síntesis, Residencia en la tierra registra una época de vagabundeo bohemio y soledad diplomática, “un rodeo constante, incierto, tan mudo”[2], un “vagar de un punto a otro”[3], para hacer emerger de toda aquella experiencia bajo el sol, la noche y la intemperie, una obra que nos da descanso, respiro, satisfacción, confort, defensa. En una palabra: sombra. Escribe el poeta: “Ven conmigo a la sombra de las administraciones”[4].

 Se trata de un enigmático poemario de incomunicación y comunicación, de soledad y multitudes, de la “flor de la soledad”[5], de sentido y sin sentidos, de fuerza y fragilidad, tristeza y erotismo, “entre putrefacciones y violetas”[6].

 Entre estas ambigüedades, paradojas o indeterminación de, por ejemplo, no saber si habla a la amada o a la noche[7], el poeta se constituye no como un ser pasivo, en medio de la vorágine, ni tampoco como un omnipresente Dios, con aureola en la cabeza. Sino como un poeta vidente, en el mismo sentido que utilizaba la palabra “vidente” uno de los poetas simbolistas de su juventud, Rimbaud. Es decir, expresa “lo profético que hay en mí”[8]. Pero ser vidente es distinto a ser un visionario, puesto que el vidente no descifra el misterio, sino que lo conserva. A su vez, el sibaritismo de Neruda se vincula al “desarreglo de todos los sentidos” del vidente Rimbaud; a la embriaguez y paraísos artificiales de Baudelaire. Asimismo, como Baudelaire, Neruda también deja caer la aureola…

 Dicha condición de vidente y de profeta, lo vuelve a la vez un testigo, como lo expresa el poema “Agua sexual”: “Veo los sueños sigilosos”, “Estoy mirando, oyendo…”, “Veo correr un arco iris turbio”, “Veo pasar sus aguas a través de los huesos”… De este modo, Neruda pasa a ser un “ardiente testigo”[9], que se rebela a la pasividad[10].

 Pero no sólo hay un cambio de eje del neoromanticismo de Rostand al simbolismo de Rimbaud y Baudelaire, sino que aparece la presencia del surrealismo y sus imágenes onírica, urbanas y de objetos cercenados: zapatos húmedos; peines perdidos; orejas; silbatos; un paraguas[11].

 Ciertamente, la lectura del poemario plantea exigencias. Sin embargo, aquellas dificultades, a su vez, son la condición de posibilidad de que el propio lector participe de las revelaciones poéticas, de los esclarecimientos a los que la “espada” de la poesía nos abre camino… También el lector debe ser un “ardiente testigo” y atravesar la oscuridad y el hermetismo, orientado por intermitentes resplandores. En el poema “Sabor” se expresa ese hermetismo, del que aquí hablamos: “De falsas astrologías, de costumbres un tanto lúgubres, / vertidas en lo inacabable, y siempre llevadas al lado, / he conservado una tendencia, un sabor solitario”, escribe.

 En Residencia en la tierra la medida se contrapone a lo inacabable, los números a los individuales nombres. Pero los nombres también pueden ser confusos y la cantidad interminable. Así, las identidades compartidas son a la vez próximas y lejanas, son “confusas unidades”[12]. La sal, por ejemplo (otra presencia constante en el poemario), a la vez corroe y da sabor, mata y estimula.

 Otra peculiaridad, tanto de Residencia en la tierra como del Neruda anterior y posterior a ella, es la presencia de las figuras musicales, que no son simples rimas. Sonata, serenata, madrigal y tango, expresan la medida fundamental de cada verso, su ritmo, su refinamiento… “Barcarola” (uno de sus poemas), hace referencia a un tipo de canción de los gondoleros venecianos y también a obras clásicas de Offerbach y Chopin… De este modo, plantea Neruda una crítica a la ilusión del “verso libre”, si con “libre” se hace referencia a lo que no se mide, lo que no se medita. Y crítica igualmente a la simple rima, que no necesariamente puede volver musical un poema (como sucede con Jorge Luis Borges)… Hay una musicalidad y una fuerte sonoridad en toda la obra de Neruda (que evidenciaron tan bien, por qué no decirlo, la banda musical Los Jaivas): “De lo sonoro salen números”, “En lo sonoro la luz se verifica”, “A lo sonoro el alma acude”[13]… Tal vez la mejor de esta manifestación de la musicalidad se encuentra en el excelente poema “Alberto Rojas Giménez viene volando”.

 Los poemas en prosa de la segunda parte (II) del Libro 1, lo vuelven a aproximar a Rimbaud y a Baudelaire. Así como a la escuela surrealista. Pero también al modernismo de su admirado Rubén Darío.

 Lo mismo sucede con el ambiente marino de la primera parte (I) del Libro 2: se encuentra ahí la presencia de Baudalaire… Aunque también da paso, en las siguientes partes del libro, a la expresión de un sentimiento oceánico, que no es religioso, sino más bien pasión por la vida, a las multitudes vivas y muertas, apego a la sangre, a los cuerpos, a los cementerios, al viento, la espuma y los caracoles. Se trata de un océano de amor, erotismo e incluso sexualidad.

 Por último, en Residencia en la tierra podemos encontrar además la presencia de su vergonzosa paternidad, de esa “súbita estación”[14], a la que el poeta asistió con cobardía y fechoría, peor que fechoría, al abandonar a su esposa y a su hija nacida con hidrocefalia, en 1934[15].

 Residencia en la tierra es un poemario de enorme luminosidad y de sombra, que ha de seguir haciendo pensar, vivir y sentir, a las jóvenes generaciones.



[1] Arte Poética.

[2] Galope muerto.

[3] Caballo de los sueños.

[4] Walking Around.

[5] Fantasma.

[6] Vienes volando.

[7] Alianza.

[8] Arte Poética.

[9] Significa sombra.

[10] Walking Around.

[11] Vienes volando.

[12] Unidad.

[13] Un día sobresale.

[14] Maternidad.

[15] Enfermedad en mi casa.

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