Circula por redes sociales una extensa cita
atribuida a Pier Paolo Pasolini, cuyo comienzo es este: “Pienso que es necesario
educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota”.
Quien haya leído Escritos corsarios o Cartas luteranas no dudaría en buscar entre sus páginas el mentado fragmento, entre otras sentencias suyas contra el consumismo, el conformismo, la degradación de los valores tradicionales, el progresismo y otras morbosidades de la sociedad contemporánea. Por supuesto, fracasaría. Ni allí ni en ninguna otra producción de Pasolini la localizará, puesto que no le pertenece, aunque tiene el valor de asemejársele y, al mismo tiempo, el descaro de parafrasear una fracción suya, cuya traducción al español tiene la doble indignidad de ser una reducción: “Soy un hombre que prefiere perder más que ganar con maneras injustas y crueles”.
En realidad, la frase de Pasolini, única parte auténtica de la cita, entresacada de “Dialoghi con Pasolini” (Vie nuove, nº 42, 1961), dice así: “A questa antropologia del vincente preferisco di gran lunga chi perde. E’ un esercizio che mi riesce bene. E mi riconcilia con il mio sacro poco”, es decir: “A esta antropología del ganador prefiero de lejos a quien pierde. Es un ejercicio que me viene bien. Y me reconcilia con mi sacralidad”.
Esta cavilación no tratará acerca de lo fácil que es actualmente copiar y multiplicar errores, falsedades o simplificaciones, ni del rol de las fake news en el proceso político y metapolítico contemporáneo, en Chile y el resto del mundo.
Quiero más bien hacer notar qué tan a flor de piel se siente el fracaso acechar en la intimidad de tantas y tantas subjetividades, que se identifican con el perdedor y condenan a ambiciosos, jactanciosos y aprovechadores. Pero al mismo tiempo, mostrar cómo, en cuanto se estremecen, expulsan de sí la realidad del fracaso y la moldean, luego, con vulgaridades seudoéticas, tales como preferir perder más que ganar con maneras injustas y crueles. Por lo demás, ¿no se encuentran las mismas redes sociales colmadas de autofotos (la traducción al español de “selfies” es inmejorable) de ganadores y presumidos?
“Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Eclesiastés 1). Antes que se espanten con esta cita bíblica, recuerden que Pasolini era un católico militante, que buscaba reconciliarse con la sacralidad, y por eso era comunista, confiriendo su simpatía por quienes “no saben que tienen derechos” (Cartas luteranas).
La antropología del ganador es, en verdad, el rechazo, la arcada, tras la náusea, de la realidad del fracaso, que pone de manifiesto la urgencia por vomitar. Es un síntoma, de una digestión, migraña o intoxicación, por exceso de realidad. Es expresión del mecanismo defensivo inconsciente de transformación en lo contrario, a saber: la antropología del fracaso, la verdadera condición humana.
A su vez, la antropología del ganador es una porción de una antropología más amplia, la de la modernidad, hegemonizada por la mentalidad liberal, ilustrada, positivista e inmanente, de izquierdas o de derechas. Ser modernos es, paradojalmente, negar la condición humana, que es trágica, en tanto que posee límites. Ir contra todo límite, contra toda limitación, ya sea al Mercado o al Estado, a la ciencia o a la tecnología, al individuo e incluso a la propia biología (cf. Transhumanismo), es lo que caracteriza a la antropología del “hombre moderno” y su intento de ser “como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Génesis, 3, 5).
Pero, como decía Lenin: “Expulsa a la naturaleza por la puerta, que entrará por la ventana”. La fe utópica (Lenin, t. 17, 1983, 13-14) de la modernidad y de la mentalidad liberal, no puede sino fracasar en cada intento por superar las limitaciones de la concreta situación del ser humano, que es una condición de expulsión, de caída y mortalidad.
Ha fracasado todo proyecto humano: fracasó la democracia ateniense, la república y el imperio romano, ha fracasado cada concilio ecuménico y cada revolución igualitarista, fracasó la francmasonería y el marxismo-leninismo, ha fracasado el mercado autorregulado, el derrame o “chorreo” de la prosperidad de los ricos hacia los pobres y todo intento absurdo por “humanizar” el capitalismo. La industria y la guerra tienen como destino el fracaso, incluso de aquellos que, entre amputados, viudas y huérfanos, resultan triunfadores.
Nada de esto ha sido fortuito. Parafraseando a Walter Benjamin, si homologamos el triunfo a la cultura y el fracaso a la barbarie, en los cimientos de las maravillas del mundo se encuentran los cadáveres de los esclavos u obreros que las edificaron.
La única diferencia entre tal o cual proyecto civilizatorio radica en la vanidad y la soberbia de unos, o de otros, la toma de conciencia y resignación ante el fracaso como condición sine qua non.
Ahora bien; todo ser humano, en su condición concreta, necesita de una utopía concreta (H. Lefebvre), de un todavía-no (E. Bloch), para evitar el desfallecimiento del deseo, rechazar la decepción y el autoaniquilamiento de sí mismo.
Toda utopía concreta, como escribió Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido, es parte de los “procedimientos para salvar la vida”, puesto que cada persona requiere “comprender que la vida todavía esperaba algo de ellos”.
O, como escribió Erich Fromm en La revolución de la esperanza: “…el árbol espera la luz del sol y (…) expresa esta esperanza doblando su tronco hacia aquélla”.
No obstante, la utopía concreta no sólo se diferencia de la fe utópica de los grandes proyectos civilizatorios (liberalismo, socialismo, socialdemocracia o fascismo), sino que discrepa, puesto que, precisamente, la primera es parte de un movimiento de salvamento o autoprotección respecto a las mejores intenciones y las peores obras de las segundas.
Es sólo a partir del fracaso que nace la utopía concreta, el todavía-no. Esta metapolítica del fracaso es la única que puede hacer que las convicciones, creencias y representaciones que tenemos del mundo y de nosotros mismos, sean algo más que ilusiones. La metapolítica del fracaso busca dar un sentido real a nuestra voluntad y a nuestras acciones.
Además, es parte del concepto de hegemonía de Gramsci (un ilustre fracasado), que implica que la conquista del poder político pasa por la conquista del poder cultural. Y, lo mismo para Gramsci que para Pasolini (ambos católicos, ambos comunistas), se trata de la hegemonía de un bloque histórico constituido entre los que no saben que tienen derechos y quienes sí lo saben, pero no los reclaman para sí, sino que luchan por los derechos de los demás (Cartas luteranas).
Por último, está metapolítica busca superar la antropología moderna, la mentalidad liberal, ilustrada, positivista e inmanente. En oposición a ésta, hemos de buscar reconciliarnos con la sacralidad.
Y es que, como escribió C. S. Lewis: “…nunca salvaremos a la civilización mientras la civilización sea nuestro principal objetivo. Debemos aprender a desear con más fuerza otra cosa” (1994: 113).
Una vez que aceptamos nuestra condición de fracaso, es que comienza la vida real; y la vida real ha de saber reconciliarse con lo sagrado.
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