1. SEMBLANZA.
Enrique Lihn (1929-1988) es uno de los más notables
escritores chilenos e hispanoamericanos. Fue poeta, caricaturista, artista
plástico, titiritero, aprendiz de mimo, crítico literario, editor, orador,
cuentista y novelista. En definitiva, un artista de las letras y de la palabra.
Vate de la belleza, del arte, de la carne y la
memoria, desarrolló la poesía lírica, así como elementos dramáticos y
narrativos, el verso libre y la rima.
A los 12 años ingresó a la Escuela de Bellas Artes
y tomó el curso de dibujo con el sublime pintor nacional Pablo Burchard. Desde
ese entonces comenzó una vida bohemia, que se desplegó principalmente en el
Parque Forestal, donde se generaba una intensa vida cultural.
La literatura se consolidó en medio de su qué hacer
como artista plástico, por lo que desde un inicio fue un diálogo constante con
las distintas formas artísticas. El mismo decano de la Escuela de Bellas Artes,
Luis Oyarzun, no era artista plástico, sino un insigne escritor, crítico y
teórico.
Nada se escurre, su primer poemario, apareció en 1949, a sus 20
años, y fue editado por su amigo Alejandro Jodorowski, de 19 años, quien
estudiaba pedagogía en la Universidad de Chile, a la par que teatro. Luego se
pelearían y Lihn lamentaría la ruptura de esa amistad.
Nada se escurre es un inicio modernista, romántico y nerudiano,
que fue rechazado posteriormente por el propio autor.
Aunque el tono de este poemario era nerudiano, con
Pablo Neruda siempre tuvo cierta relación impugnatoria, tanto personal como
literaria…, rechazando esencialmente al Neruda posterior de “Residencia en la
tierra”.
Lihn leía y admiraba, especialmente, a Vicente
Huidobro y a Gabriela Mistral. De Gabriela Mistral siempre apreció y difundió
sus poemarios Tala y Lagar.
Por esa misma época conoció a Nicanor Parra, de 37
años, que volvía a Chile después de cursar una beca de física en Inglaterra. No
los había publicado aún, pero ya había escrito y dado a conocer sus Antipoemas.
Con Parra generó un lazo de amistad literaria perdurable.
Por la influencia de Parra, para Lihn y gran parte
de su generación, la poesía debía dejar el sentimentalismo metafísico y asumir
lo que era: una forma verbal.
Y con este cambio publicó en 1955 Poemas de este
tiempo y de otro…. Sin embargo, debido a que era una recopilación de poemas
de los últimos cinco años, seguía teniendo un tono nerudiano, subjetivo,
emotivo e intimista.
Durante este período vivía con los padres, ganaba
poco dinero y trabajaba esporádicamente, en lo que iba presentándose: locutor
de radio (su voz siempre fue deslumbrante), pintando faldas para una diseñadora
de modas, dibujante de periódicos, secretario de redacción de la revista de la
Escuela de Bellas Artes. Por esto último, la obra de Lihn apareció desde muy
temprano en varias antologías poéticas y de cuentos.
En 1963 publicó la que es considerada la primera
obra con la voz que se reconocería como propia: La pieza oscura,
constituida por una poesía fundamentalmente verbal, con elementos dramáticos,
incluso.
En 1965 obtuvo una beca en la Unesco para estudiar
museología, gracias a la cual recorrió los museos de Europa, que será un
leitmotiv considerable en la poesía de Lihn.
Y en 1966 publicó Poesía de paso. Ganó, con dicha
obra, el Premio Casa de las Américas. Gracias a este logro consiguió un trabajo
en la revista del mismo nombre, en Cuba, donde estuvo hasta 1968.
Su rebeldía, por supuesto, empezó a tomar la forma
de “revolucionaria”, y la Revolución Cubana motivó también en él la necesidad
de militar. Fue una militancia breve, puesto que su concepción festiva,
surrealista y libertaria de la revolución, chocó con el burocratismo, el
militarismo y el estatismo. Vivió, consiguientemente, el desencanto personal e
ideológico.
En 1969 publicó el hermoso poemario La
musiquilla de las pobres esferas, obra de enorme autoconciencia, sentido
crítico y lucidez.
Cuando volvió a Chile desde Cuba, se encontró con
el gobierno de la Unidad Popular. Colaboró como independiente desde el trabajo
cultural, labores editoriales y talleres para escritores. Pero era visto con
enorme reticencia por la institucionalidad de izquierda, de la que él, por lo
demás, no quería ser parte, a diferencia de la mayoría de los artistas que
comenzaron a militar.
Independiente y rebelde, alejado de los poderes,
sean estos políticos, sociales o culturales, Enrique Lihn experimentó una
precaria vida doméstica. A pesar de ser un poeta internacionalmente reconocido
en Hispanoamérica, mantuvo siempre cierta marginalidad, porque ni pudieron
acomodarlo ni él jamás quiso acomodarse en ningún sitio.
Al sobrevenir el Golpe Militar y comenzar la
Dictadura, la primera reacción que tuvo fue la de exiliarse, porque la vida no
sólo de los militantes, sino de los artistas e intelectuales en general, estaba
en constante riesgo. Sin embargo, se quedó. Y como no sólo no era un “cuadro
político”, sino que nunca ocupó un cargo estatal, los agentes represivos no lo
consideraron una amenaza.
El exilió fue más bien interno y había comenzado
antes del Golpe mismo…
Acostumbrado a una vida económica frágil, se dedicó
a dar clases y talleres. Leyó mucho, especialmente teoría crítica y semiótica.
Y sus poemarios empezaron a aparecer: París, situación irregular, de
1977; A partir de Manhathan, de 1979; El paseo Ahumada y Al
bello aparecer de este lucero, ambos de 1983; Pena de extrañamiento,
de 1986; y Diario de muerte, póstumo, de 1989.
Enrique Lihn murió de cáncer en 1988.
Su poesía era siempre su diario de vida, hasta el
fin de sus días. Diario de muerte fue el título de su última
publicación, de forma póstuma. No se trata, sin embargo, de una poesía
confesional, sino más bien de la idea de que la poesía no transmite
pensamientos, sino que hay que pensar con la poesía.
En tanto que es consecuente con su ideal, podemos
aprender a pensar con la poesía de Lihn. Poesía tanto intelectual como emotiva,
dramática como humorística, social como personal… Y en todos estos ámbitos,
poesía de una enorme originalidad, una perspectiva originalísima. Por medio de la
poesía accedemos a su conocimiento, a su forma de pensar.
Enrique Lihn es, sin duda alguna, un escritor
intelectual, en el sentido de filosófico, como muestra su incansable labor de
crítico literario… que lo emparenta, por lo demás, a Jorge Luis Borges. Se
trata de literatura que reflexiona sobre la literatura.
Asimismo, cada verso, cada estrofa, cada palabra es
meditada y medida. No es “verso libre” si con este concepto se quiere expresar
la espontaneidad de las palabras. En Lihn hay un ritmo, una extensión, un
fraseo casi musical, una precisión en medio del caos.
Textos largos, breves, versos “libres” o rimados,
sonetos, elegías, su obra posee una variedad de formas, estilos, experiencias y
sentidos.
Parodió también distintos géneros y formas literarias
y fue igualmente un constante experimentador (como demuestra, por ejemplo, su
libro Paseo Ahumada), irónico, burlón e iconoclasta.
Por último, conjuntamente a todo esto, fue un
artista de enorme generosidad, poética y éticamente, sin cálculos ni intereses.
Alentó incansablemente a otros artistas a desarrollar su propio trabajo y
estilo.
Por todas estas razones, Enrique Lihn es uno de los
autores más importantes de la literatura y el arte nacional.
2. POESÍA SITUADA.
En “Qué otra cosa se puede decir”, poema aparecido
en Diario de muerte, el último libro de
Enrique Lihn, el autor interpreta y poetisa “Madre muerta” del pintor y
escultor alemán Max Klinger, cuya lámina acompaña al texto.
La forma particular de esta interpretación resume,
como un manifiesto, el término que Enrique Lihn utiliza para denominar su
poesía, además de sugerir una nueva forma de comprenderla: poesía situada.
Las dos estrofas iniciales dicen así:
Qué otra cosa se puede decir de la muerte
Que sea desde ella, no sobre ella
El niño pequeño, “bebe, mezcla de sapo y ángel”,
está sobre la muerte, sobre la mujer o estatua. Dice “sobre ella”, sobre de
“con respecto a” y sobre de “estar sobre” ella… Pero el poeta se dará la tarea
de hablar “desde ella”, como un desplazamiento, una posesión, sustitución o
identificación… Y dice de la muerte (y de la mujer), mirando con el ojo
múltiple del poeta: “es una cosa sorda, muda y ciega”. Ella, la muerte,
simbolizada por la mujer o estatua, y pintura… Otra es la muerte que acosa al
poeta y que ni siquiera sabe (o apenas le importa) que él exista y aun así lo
busca, poco a poco, lo hace morir.
Se hace presente entonces el temor de la tercera
persona, no “él” ni “ella”, sino el espectador o el mismo poeta; el temor de
que sea la tercera persona (espectador o poeta) quien inminentemente morirá: es
la reflexión fundamental del poemario.
Las primeras estrofas del poema representan la
identificación del poeta con la muerte, acosada de espectadores que a su vez
pueden también situarse en el papel de la mujer, esa representación de la
virginidad y la represión del deseo sexual:
Qué otra cosa se puede decir de la muerte
Que sea desde ella, no sobre ella
Es una cosa sorda, muda y ciega
La antropomorfizamos en el temor
de que no sea un sujeto
Sino la tercera persona, no persona,
“él” o “ella”.
En la segunda estrofa, el poeta se sitúa en el
lugar del “bebé”:
La mujer reemplazada en Klinger
por una estatua yaciente
Sarcásticamente maternal, sobre cuyo pecho
plano como una lapida, yo, el bebé
Mezcla de sapo y ángel,
miro a los espectadores con terror
Nunca los mismos, siempre ausentes
Como en un teatro
Donde se representa una obra congelada
“Sarcásticamente maternal”, escribe el poeta, el
bebé, el ángel hijo del espíritu santo, deseado y nunca concebido.
Sarcásticamente en tanto que distante… Fría, en medio de un conglomerado de
símbolos fálicos,
la mujer inmóvil abandona al crío aterrorizado, expuesto a las miradas de los
espectadores cumpliendo su rol de espectadores, ausentes para el autor de la
obra (¿no el poeta sino el pintor?), que a la vez es también un espectador de
su propia creación, de la obra, fría e indiferente al propio artista…
“Como en un teatro”, escribe, donde no sólo los
actores cumplen un rol. Y en el cual las obras congeladas, a la vez que, en
constante desplazamiento, son la mujer, la muerte, la estatua, el sapo, el
cuadro, el poema, los espectadores y los artistas, y el libro donde todos se
reúnen como en un velorio.
3. POESÍA INMANENTE.
La condición verbal de la poesía, de la cual
Nicanor Parra es autor epónimo, en tanto que oposición, no sólo a una
solemnidad y sentimentalismo del tipo Veinte poemas de amor, sino
también a una metafísica del poeta como “pequeño Dios” (Huidobro) o del
misticismo de Mistral, así como de una poesía militante, al servicio de una
causa, ya sea política o ética, del tipo De Rokha y también de Neruda, conlleva
a su vez una visión propia del mundo, aquella que establece su propio fin en sí
misma, siendo, por lo tanto, expresión de una existencia inmanente.
De ahí que el humor y lo absurdo, en la antipoesía,
ocupe un lugar cardinal, ya sea en Parra, Giaconi o Lihn, puesto que la
existencia no es sino intrascendente. Dicha condición la territorializa
y la temporaliza, volviéndola siempre actual, juvenil y lúdica. De este modo,
sin negar el pasado, aunque burlándose del pasado, eterniza su presente.
Al negar la trascendencia, escéptica ante toda espera
de Dios, la antipoesía se sitúa a sí misma como único futuro posible.
Por esta razón, ya que origen, experiencia y destino del ser humano son
inmanentes, es admisible la posibilidad de exponer de forma integral la
experiencia humana. Ahora bien, esa integralidad no es totalizante, sino
fragmentaria, perspectivista, en constante desplazamiento, en una palabra, situada.
A esa búsqueda inmanente, integral y a la vez
fragmentaria, responde la poesía de Enrique Lihn, lo que queda de manifiesto en
sus últimos cuatro poemarios: Al bello aparecer de este lucero (1983), El
Paseo Ahumada (1983), Pena de extrañamiento (1986) y Diario de
muerte (póstumo, 1989).
La experiencia del amor (y del arte), la ilusión y la
desilusión, la duda, el enmascaramiento (Pound) y el distanciamiento
respecto de la propia vivencia romántica, se presentan en Al bello aparecer
de este lucero como inseparable de un amor concreto, con nombre propio,
y de un sujeto hablante; ahí su constitución de Diario íntimo -aunque, como
hemos dicho, es más bien un “Diario de meditaciones”…
Su nostalgia es, específicamente, de la pérdida del
objeto amoroso, lejos de una nostalgia originaria por recuperar el
paraíso perdido. De ahí también el carácter alegórico del poemario y del arte
mismo como forma alegórica, opuesto a todo simbolismo, ya que el símbolo tiene
por propósito religar lo caído con lo divino. La admiración de Lihn por
Baudelaire (poeta simbolista y católico), en este sentido, queda reducida a una
lectura existencialista y formal. Por lo mismo, su carnalidad y erotismo nada
tienen que ver ni con Dante ni con San Juan de la Cruz, por lo que le queda
mejor el racionalismo y la poesía culta de Francisco de Herrera o
Góngora. Para Lihn, se trata, en definitiva, de un mundo de imágenes y de
palabras, de alegorías.
Yo soy la Virgen y tú el Ángel de la Anunciación
-viene a
decirme que voy a concebirte-
y el Espíritu Santo es la Literatura.
También la existencia expuesta en El paseo
ahumada se sitúa en límites precisos: “en Ahumada con Compañía,
frente a la Plaza de Armas”. Es el paraíso y el
infierno del Régimen Militar. Las calles, el mercado y su comercio, son
experiencias concretas y cotidianas, ligadas tan sólo a la interioridad del
delirio y la soledad. El resultado, la proliferación de personajes precarios,
como El Pingüino (“sacerdote que no te confesará nunca”), la mendicidad y el
tumulto, la miseria de la condición humana, de la que no podemos escapar.
¿Qué tal un caracol de diez pisos para blindarse
ahí adentro?
Ese caracol (centro comercial) es el mundo, este único
mundo; o mejor aún, el mismo sujeto autorreflexivo. El Canto General se transmuta
en Canto particular (con minúscula).
Entre tantos locos, epilépticos y bufones, la
palabra queda vaciada de sentido, por lo que se vuelve interminable o, en otras
palabras, se eterniza. “Dios se lo pague”, es otra forma de decir que quedará
siempre impago.
La errancia, el viaje -que también
queda registrado en la forma de un Darío, como es Pena de
extrañamiento-, no tiene un propósito, no busca un destino, menos
un destino compartido. O más bien, puesto que no tiene rumbo, su único
propósito es el distanciamiento.
Cada uno está exiliado en sí mismo, es un
extrañamiento interior, una pena (condena, reclusión y abatimiento) individual.
Me viene a la mente este verso de René Char: “Desarrollad vuestra legítima
extrañeza” (Développez votre étrangeté légitime), donde la extrañeza, el
extrañamiento, constituye la posibilidad y necesidad de la contemplación
crítica y racional, opuesta al sentimiento oceánico de las masas.
La cotidianidad, la ciudad, los lugares de paso, son
manifestaciones de un espacio inmanente. La realidad no es más que imagen
eternizada, en la que la mirada se regocija. La mirada, fascinada, sólo ve
imágenes, a veces concretas, imaginarias a veces, otras evocadas por la
memoria.
Es un flâneur baudeleriano, pero sin Pecado Original
ni Expulsión ni Paraíso.
Por último, Diario de muerte. Hasta el último
“aleteo”, Lihn persistió en su ateísmo. Acepta la enfermedad y la muerte y
niega la inmortalidad. La ironía y la crítica no lo abandonan, a pesar de la peor
de las desesperaciones.
Pero su juicio, autorreflexivo, a veces sólo encuentra espejos, donde el
enfermo de gravedad trata de dar señales de vida
y la realidad sólo ofrece como reflejo su nada.
La inmanencia tiene como destino el nihilismo.
Estoy tratando de creer que creo
no es el mejor punto de partida
pero al menos dudo de mi escepticismo
como de una racionalidad sin antecedentes
no ha sido para mí, en su larga trayectoria
un particular motivo de orgullo
Creer pero lo más lejos posible
de la Iglesia católica y romana
a años luz del superpapa
Hemos partido hablando de antipoesía, no
porque Lihn sea tan sólo un antipoeta. Lihn es un poeta con todas sus letras,
¡ni menos ni más! Pero desde que conoció la obra de Parra, una idea no lo
abandonó nunca: la condición verbal de la poesía; y con ella, su
inmanencia. Y eso lo llevó hasta sus últimas consecuencias: escribir a pesar de
que no hay nada. Ya lo había dicho tempranamente:
El poeta no es ni un pequeño dios ni una pequeña
República.
La poesía no sirve para nada.
Lo que parece duda, es en realidad certeza; lo que
parece efímero, encuentra, en realidad, su eternización. Es la situación
moderna y nihilista de Enrique Lihn.
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