“La teoría
socialdemócrata, y más aún su práctica,
estaba determinada por un concepto del
progreso que no se atenía a la realidad,
sino que poseía una pretensión dogmática”.
Walter Benjamin
Sobre el concepto
de historia,
1940.
En 1997, en el libro “Democracia en Chile”, Edgardo
Boeninger definía el acuerdo entre liberales, democratacristianos y socialistas,
como el momento en que “la Concertación asumió en plenitud el capitalismo”
(358), lo que significaba la “aceptación explícita de la economía de mercado y
del rol de la empresa privada” (359). Se trató de una “convergencia ideológica
producida en el país, tanto en lo que respecta al compromiso político con la
democracia como en relación al establecimiento de una economía de mercado”
(371).
Ya en el gobierno de Aylwin (1990-1993) se
había planteado “el desafío de compatibilizar entre sí las paralelas e
igualmente legítimas preocupaciones por el desarrollo económico y la justicia
social. Lograr dicha compatibilidad era, pues, condición necesaria…” (1997:
385).
Pero el mismo Boeninger, en 2009, en su
libro “Chile rumbo al futuro”, escribía: “… el desafío más acuciante es el de
reducir la desigualdad en todos los ámbitos, pero sin sacrificar el
crecimiento” (61).
No sólo cabe recalcar que el mismo desafío
que se planteaba en 1990 (la justicia social o reducción de la desigualdad) se
seguía planteando 19 años después, sino también la sustitución del concepto de
“desarrollo” por el de “crecimiento”. La necesidad de esta distinción radica en
que se puede crecer económicamente sin la necesidad de crear justicia social,
que era precisamente lo que había estado pasando en Chile a lo largo de cuatro
gobiernos consecutivos de la Concertación (Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet).
No obstante, Boeninger, paladín por la defensa
del libre mercado y en la condena del proteccionismo, en la defensa de las concesiones,
las privatizaciones, la externalización y la subcontratación, y la condena del
Estado social de derecho, persistía en augurar que era posible “… convertir a
Chile en un país desarrollado en las primeras décadas de su tercer centenio de
vida independiente” (2009:133). Y no dudaba en la siguiente definición: “Chile
es un país en vías de desarrollo” (171).
Pero en 2017, cuando la Concertación había
sido derrotada electoralmente, conformándose el primer gobierno de derecha tras
la recuperación de la democracia (Piñera), y estando ya en el último año del
segundo gobierno de Bachelet, el PNUD publicó un informe titulado “Desiguales”.
Dicho informe declaraba con contundencia
la existencia de “…sistemáticas ventajas para algunos y desventajas para
otros…” (2017: 18). Y respecto a la concentración de los ingresos establecía
que “… el 1% más rico obtiene el 33% del ingreso devengado y el 5% más rico el
51,5%.” (348); y, al interior de estos grupos, el 0,1% captaba el 19,5% (367).
Esta concentración de los grupos
económicos -plantea el informe
del PNUD de 2017 en sus conclusiones-
está acompañada y viabilizada por la concentración y desigualdad del poder
político, es decir, la presencia de los grupos privilegiados en los espacios de
toma de decisión. El documento incluso llegó a plantear el concepto de “puerta
giratoria”, que alude a “trayectorias de individuos que implican idas y vueltas
entre puestos de gobierno y cargos en el sector público” (389), a lo que se
suma la “acumulación de la capacidad de influir de los grupos más acomodados [que]
les permite ejercer en algunas ocasiones una influencia directa sobre el diseño
de políticas públicas, por fuera incluso de los mecanismos institucionales de
representación” (392).
Cuando aconteció el denominado Estallido
social de 2019, los datos no habían cambiado. E incluso en septiembre de 2022,
el PNUD, en su 31° Informe Global de Desarrollo Humano 2021/22, siguió
planteando que “el desafío de la desigualdad persiste: en 2021, Chile vuelve a
bajar su IDH desde el 0,855 al 0,722 cuando este se ajusta en base a
desigualdad, mostrando una caída el 15,6% en el desarrollo humano del país” (https://www.undp.org/es/chile/noticias/indice-de-desarrollo-humano-2022-chile-mantiene-primer-lugar-en-la-region-con-desafios-persistentes-en-reduccion-de-desigualdades).
Son, entonces, 31 años de desigualdad
persistente, que ni el Estallido social ni dos años de Pandemia por
Covid-19 pudieron modificar… Cabe señalar que una de las propuestas del actual
gobierno del Frente Amplio y el Partido Comunista (al que ya se ha sumado el
Partido Socialista), era llevar a cabo una Reforma Tributaria que modifique el
sistema fiscal. Sin embargo, esta reforma fue rechazada en marzo de 2023. Se
cumplirían, por ende, 33 años en los que los “desafíos” de justicia social o
reducción de la desigualdad trazados por Boeninger han sido incumplidos,
quedando en pium desiderium (deseos piadosos).
Ahora bien;
ese estado de intención permanente (B. Schulz) no radica en una
consecutiva y coyuntural desviación o interrupción de los objetivos, como si, una
vez superados todos los obstáculos en la vía al desarrollo, se pudiese
alcanzar la meta deseada. Lo que sucede más bien es que se asume una tozuda y pícara
concepción que no se atiene a la realidad, la que posee el nombre de progresismo.
No profundizaremos
aquí en el hecho de que las bases del progresismo se encuentran en la
Modernidad y la Ilustración; en una concepción occidental del tiempo rectilíneo;
en la idea kantiana de que la razón libera, en la que se sostiene su sapere
aude y, por lo tanto, en una cierta concepción antropocéntrica que emancipa
al ser humano de todo saber revelado, consolidándose la secularización; o el
weberiano desencantamiento y racionalización del mundo. Tampoco ahondaremos en
la constatación que estos principios no sólo se encuentran en el liberalismo,
sino también en la socialdemocracia y el marxismo evolucionista.
Asimismo, no
penetraremos en el hecho de que toda esta fe en la razón (y utilizamos
la palabra fe puesto que se trata de una teología al revés), persiste,
como dijimos, tozudamente, a pesar de las evidencias y confirmación de aquel título
de una de las aguafuertes de Goya: “El sueño de la razón produce monstruos”.
Esos monstruos se llaman Guerras Mundiales, nazifascismo, Auschwitz, Gulag, Hiroshima
y Nagazaki, desastres nucleares de Chernóbil y de Fukushima, incendios de los
pozos de petróleo de Kuwait, franja de Gaza, cambio climático, deshielo
glaciar, entre otros… Tampoco descenderemos en el hecho de que esta fe prometeica
y sus consecuencias, se encuentran radicalmente enfrentadas a las concepciones
de las civilizaciones tradicionales o los pueblos indígenas, incluso los
pueblos indígenas latinoamericanos, que han sabido sobrevivir al colonialismo, al
imperialismo y todas las formas de capitalismo.
Bastará con
decir que, especialmente el progresismo liberal, que es el que se impone tras
el fracaso de la Unión Soviética y del socialismo en general, se opone y niega
una de las teorías latinoamericanas más ricas y dinámicas (que tiene como
antecedentes a Lenin y Luxemburgo), la teoría de la dependencia, que establece la
existencia de una perpetua polarización centro-periferia, de una estructura de
desigualdad global y que coincide y se complementa con la teoría del sistema-mundo
de Wallerstein.
La teoría económica de la Concertación y
del progresismo en general, que plantea la existencia de países en vías de
desarrollo, está en completa contradicción con los hechos de que el
subdesarrollo está directamente ligado a la expansión de los países
industrializados; desarrollo y subdesarrollo son dos aspectos diferentes del
mismo proceso mundial; el subdesarrollo no es ni una etapa en un proceso
gradual hacia el desarrollo ni una precondición, sino una condición en sí misma
(Blomström y Ente, 1990).
Por lo que toda promesa de convertir a
Chile en un país desarrollado es definitivamente falaz, mientras no se
transforme globalmente la polarización centro-periferia, entre países del norte
y del sur. Esa tarea no es en absoluto nacional, sino que requiere una
geopolítica regional.
Volviendo al concepto de progreso, ¿nos dirán
que, tras 17 años de dictadura militar, Chile alcanzó la paz social? ¿Qué hubo
un crecimiento del PIB, erradicación de la extrema pobreza y estabilidad macroeconómica?
¿Qué hubo normalización de las reservas internacionales, incremento de la
inversión extranjera y nuevos tratados de libre comercio? ¿Mayor dinamismo e
inversión en telecomunicaciones, energía eléctrica, exportación de salmón y del
cobre? ¿Concesiones en vialidad y educación superior? ¿Formación de una amplia
clase media? ¿Atenuación del machismo, la xenofobia y el clasismo?
¿No os parece que el progreso
concertacionista ha envejecido mal? ¿Qué las declaraciones del testigo han
silenciado hechos? ¿Que sus constantes en un contexto estrecho, varían en un
contexto más amplio? ¿Y que han exagerado en el perfume para encubrir la
pestilencia?
Llaman progreso al mañoso hecho de poner
al pensamiento “patas arriba”, por lo que la tozudez de los progresistas no
deja de tener algo de picardía, transformándose de este modo en el bufón de la
historia.
Recurrirán en sus argumentos a la ciencia
y a la técnica, como el borracho que afirma que el alcohol lo tranquiliza. ¿No
fueron las nuevas formas de vestir de los indígenas, impuestas por los
conquistadores, lo que favoreció el surgimiento de algunas de las peores enfermedades
infecciosas? ¿O no habéis escuchado hablar del pecado y de la culpa de Oppenheimer?
El argumento de la autoridad de la ciencia
y de la técnica no es otra cosa que una teológica antropocéntrica que busca
volverse rectilínea, indefinida y eterna. Aquella voluntad de eternización tan
sólo busca perpetuar lo existente, volver imperante lo que no es sino
transitorio.
Los progresistas llaman “desafíos” a sus
ilusiones y “anhelos” a sus promesas incumplidas. Pero insisten: “Lo que ahora
tenemos es el progresismo…” (García Linera: 2022: 65). Aunque vayan siempre
hacia la playa, las olas del progresismo se estrellan contra la arena, cuando
no contra el roquerio; y las que vuelven al océano por la resaca, arrastran con
ellas a más de un despistado.
Progreso y eternización, palabras que
definen demasiado bien a aquella fotografía del hongo nuclear que todos habrán
visto en las escuelas primarias.
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