Hay en el poemario De la tierra sin fuegos
(1986) de Juan Pablo Riveros (Punta Arenas, 1945), un narrador que procura
emplazarnos a esta “desproporción demasiado aplastante”. Dicha discordancia no
proviene tanto de la espesura del bosque, las corazas de hielo o los fiordos,
como de las categorías de pronto puestas en juego: “Me esforcé en descifrar el
paisaje con mis vaguísimos recuerdos”.
Esto es, con una experiencia y un lenguaje
forasteros, y en razón de esto, cuestionados o impedidos, el narrador es poseído
por un recogimiento al que también busca arrastrarnos. El contexto y el
descontexto, el entendimiento y el desaprender, pronto se hacen protagonistas:
A veces estaba tan cerca la nave
de las rocosas orillas
que casi se podían tocar
las colgantes ramas.
El narrador nos llama desde la impresión de un
paisaje que lo captura y que, para preservar, intenta a su vez capturar por
medio de categorías imprecisas. Y es por esto, porque estas jerarquías
(climas inaccesibles, granito indefinible, vastas lagunas absolutamente
desiertas) fueron y son partes del genocidio que aquí se acusa, es que sus
recuerdos se vuelven vagos, ambiguos:
… como la vida, con absoluta precisión
a la deriva.
Pero aquello a lo que el narrador no renuncia, no
puede renunciar en tanto que procura ser un narrador para otros, es el
(con)texto, es decir, ese ámbito donde se ha de irrumpir para atestiguar acerca
de una experiencia que nos aproxima y nos sobrepasa…
Solitario
como un cormorán pescando
en la aurora.
El narrador, inducido aprisa por el instinto
de resistencia, el mismo que lo ha llevado a realizar el viaje al mundo
exterminado de los Selknam (también conocidos como Onas), deja atrás las
categorías, los excesivos adjetivos, opresores epítetos, para dar paso a la
pura descripción poética, semejante a la poesía oriental:
Alimento: conchas de moluscos
ocultos en algas y rocas
que tapa y destapa
sucesivamente el mar.
Pero este “inducido aprisa”, no es más que una
impresión condicionada debido al formato expresivo: el libro. ¿Cuánto tiempo ha
tenido que pasar para que esta denuncia, esta reivindicación, se expresaran?
Fuera de nuestro tiempo (Diciembre, 1918; Enero 1833; fechas invocadas
en el poemario) puesto que independiente del autor, “narrador” es aquí
la-voz-de, el daimón del lector, que ingresa al libro para salir
transformado, ya que el testimonio no le pertenece a él sino al absoluto.
El narrador ha dejado atrás su lenguaje forastero.
Magnolias, helechos, canoas, martín pescador, garza, tijeral, haya ─que no son
sólo palabras─, colman de pronto su lenguaje, supliendo adjetivos por
sustantivos y verbos:
Últimas glaciaciones patagónicas y
grandes lenguas glaciares en retroceso.
Ha ocurrido algo, algo más allá del texto, esto es,
el des(con)texto. Un aprendizaje, el paso “a través”, un acontecimiento que
inaugura una experiencia poética:
Quenós nos reunió
y enseñándonos la palabra,
no está sino otra más antigua
habló…
“Sus rituales sagrados sólo en apariencia no
existían”. Y aquello que el narrador conocía, esos vaguísimos recuerdos y esas
categorías imprecisas, al momento de iniciar, ser iniciado en esta experiencia,
resultaron no ser más que apariencia: la historia escrita por una tiranía
anónima:
…en virtud de la gran capacidad mercantil
de los pioneros: cráneos
de indios asesinados.
Puesto que, en el fondo, nada ha sido dicho al
narrador, nadie ha movido ni siquiera uno de sus labios, no ha distinguido sus
voces; porque acaso ha sido su propia voz la que dijo ¡Pronto, ven acá! ¡Has el
viaje! su voz extraviada entre el contexto y el descontexto, esta tiranía
anónima bien puede ser la de sus recuerdos, la de su historia:
Grandes perros de caza
sueltos.
El lector, al igual que el narrador, ha de olvidar
su historia, para nutrirse, penetrar, en la experiencia austral de una
cosmovisión diferente. Tendrá que aprender a leer en otra lengua, donde está estrictamente
prohibido recordar, y, ante todo, especular:
TRADUCCIÓN
Pido a un joven alacalufe
traducir:
la madre mece a su niño.
De inmediato responde
en su lengua: Porque
está llorando.
Una última palabra, una obstinación: su historia
(de los Selknam), nuestra historia (la de occidente mestizo), nuestras
valoraciones y la de ellos, nosotros y ellos, nosotros aquí y ellos allá,
categorías todas que irrumpen no para comprender, sino para crear una nueva
experiencia que, sin embargo, no hace ni hará justicia a los aniquilados:
siempre la grandeza del arte anudada a su engaño, siempre el símbolo y el
diablo, juntos.
Nosotros nos lamentamos por aquellos que hemos
devastado, exterminado. Pero, ¿qué hemos exterminado sino una parte de nuestra
historia, la de un desencuentro o desentendimiento? ¿Y la de ellos, su
historia? Ni siquiera pueden ser desagraviados ni vengados. Ninguna voz,
ninguna voz sino la del “vencedor”, del conquistador, del genocida. ¿Para qué,
entonces, la poesía?
Pero ellos, en palabras del propio poeta
Juan Pablo Riveros, …vivían el futuro. Esta es la razón más profunda que he
logrado hallar de por qué han desaparecido ya.
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