La presente, es una breve meditación acerca de la esperanza, a partir de
cuatro obras dramáticas, representativas del teatro chileno de los años 60. El objetivo es
mostrar a la vez cómo la esperanza no sólo es una temática fundamental para las
mentalidades y el proceso histórico, sino el elemento dinamizador de acciones
concretas y proyectos de futuro.
Población esperanza
(1959), Ánimas de día claro (1961), El tony chico (1964) y La
niña en la palomera (1966), fueron estrenadas previamente a la “toma” de la
Casa Central de la Universidad Católica, realizada en 1967, acontecimiento que
no sólo orientó la Reforma Universitaria en cuanto a sus contenidos,
estructuras y dinámicas de participación, sino que insertó a las universidades
y a sus actores en el debate y proceso de democratización y desarrollo de la
nación y del Estado.
La Reforma Universitaria, así como sus principales agentes y los medios
para alcanzar aquel objetivo (marchas, tomas, protestas, actos culturales),
fueron esenciales en el proceso de politización que desembocará en el triunfo
electoral de la Unidad Popular en 1970.
En este sentido, nos proponemos también plantear la tesis de que
cualquier proceso de politización requiere, previamente, de una profundización
de la educación, la cultura y del arte. Por el contrario, si no hay rastros de tal
dinamización, la politización será fatua y limitada.
La politización es un fenómeno posterior tanto a la esperanza como al
boom cultural y educacional. Es, de hecho, un medio (no siempre benéfico) de
orientar y representar aquellas energías individuales y sociales. Por lo mismo,
si ese proceso de politización fracasa, las energías se disuelven. Pero si
triunfa, a pesar de las peores catástrofes, las energías de la esperanza, la
educación y la cultura se mantendrán, aunque sea de forma subterránea (underground),
encontrando maneras alternativas de expresión.
Esto fue lo que sucedió tras el Golpe de Estado de 1973. A pesar de la
represión, las violaciones de derechos humanos y el totalitarismo, el triunfo
de la Unidad Popular como expresión de un proceso histórico anterior, permitió
seguir manteniendo dinámicas culturales, educativas y de esperanza.
Por el contrario, lo acontecido en Chile, desde la firma del Acuerdo por
la Paz (2019), hasta el triunfo de la derecha en el proceso constituyente
(2023), ha socavado las energías sociales acumuladas desde 2011 y que ebulleron
en el Estallido social de 2019. Por lo tanto, tras el fracaso de la
politización, no sólo nos enfrentamos hoy a una interrupción de la esperanza,
sino también a un apagón de la cultura y una crisis de la educación.
Por lo tanto, volver a pensar periodos donde la esperanza nació desde las
peores condiciones, en lugares marginales y a partir de comunidades rezagadas,
es un modo de afrontar la actual y contundente crisis, de la que no saldremos
en muchos años, tras un largo periodo de acción concreta y paciente sobre la
cultura y la educación.
1. POBLACIÓN ESPERANZA.
Isidora Aguirre (1919-2011)
y Manuel Rojas (1896-1973) fueron dos grandes figuras de las letras nacionales.
En 1958 escribieron juntos la obra teatral titulada “Población Esperanza”, que
se estrenó en enero del año siguiente, en el marco de la Quinta Escuela
Internacional de Verano de la Universidad de Concepción... El montaje estuvo a
cargo del elenco del Teatro Universitario de la ciudad y contó con la dirección
de Pedro de la Barra, quien lideró el Teatro Experimental de la Universidad de
Chile. En Santiago se estrenó en 1960, en el Teatro Camilo Henríquez, para
recorrer, posteriormente, distintas regiones del sur de nuestro país, como también
realizar una gira en el extranjero, específicamente en las capitales de Uruguay
y Argentina.
Conocidísima es la
dramaturgia de Isidora Aguirre y sus obras “La pérgola de las flores” (1960), “Los
papeleros” (1962) y “Don Anacleto Avaro” (1964), así como lo es también la
prosa de Manuel Rojas, especialmente sus novelas “Lanchas en la bahía”, “Hijo
de ladrón” y los libros de cuentos “El delincuente” y “El hombre de la rosa”… El
resultado de la colaboración de estos magnánimos artistas no puede sino ofrecernos
una pieza teatral de enorme vigor y hondura.
Cuenta Isidora
Aguirre que después del estreno de su comedia “Carolina” (1955), Manuel Rojas
se acercó a ella para evaluar la posible puesta en escena de “Hijo de ladrón”;
idea finalmente desechada por las enormes complejidades que implicaba tal
iniciativa.
Pasado un par de
años, volvieron a reunirse y comenzaron en conjunto a escribir “Población Esperanza”.
Ninguno de los dos había escrito anteriormente en colaboración con otro autor,
por lo que el método fue surgiendo en la marcha: se repartían los personajes y
dialogaban; escribían escenas por separado, que luego compartían; corregían por
turnos; se reunían a conversar y debatir sobre los planteamientos filosóficos y
la psicología de los personajes…. El
resultado es una de las primeras piezas teatrales de marcado contenido social,
y clave para comprender el momento inaugural del género teatral en Chile y
Latinoamérica.
La obra transcurre
en un lugar marginal, muy pobre, popularmente conocido como una “población
callampa”, y se develan en ella las duras condiciones de vida de quienes
habitaban las periferias urbanas. La escenografía consiste en un costado del “boliche”
de compra y ventas, donde hay un “pilón”, en el que las familias pobladoras se
surten de agua potable. Sus personajes son: el dueño del pequeño boliche; su
sobrina, que es “visitadora social”; un mendigo y una mendiga; una prostituta;
un cristiano; una lavandera; una mujer que arrienda cuartos en la población; un
niño; y cuatro ladrones.
La puesta en
escena, de estética sencilla y hasta precaria, tiene por objetivo evitar
grandes costos, hacerla factible y realizable a corto plazo; más que sobre los
recursos materiales o económicos, se centra en las capacidades colectivas; y
busca volver protagónica la creatividad ante las posibles limitaciones o
problemas de montaje. En suma, se trata de una propuesta que busca motivar su
realización por personas aficionadas y estimular la creatividad en los sectores
populares.
Asimismo, es una
obra que tiene la voluntad de que la gente en las poblaciones se reúna en los
espacios públicos y busca ser un reflejo escénico de las propias costumbres y
vivencias. A lo que se agrega el hecho de plantearse objetivos educativos e
informativos, con los que despertar la conciencia crítica, estimular el
compromiso social y la fiesta popular.
El esfuerzo
comunitario, el aprendizaje, el ímpetu que incita a la acción y, por supuesto,
la esperanza, son los temas principales de esta pieza trágica e igualmente
alentadora, dolorosamente realista, aunque a la vez dichosamente utópica, que
une el pasado con el presente, para proyectarlos hacia el futuro.
2. ÁNIMAS DE DÍA CLARO.
“Ánimas de día
claro” es una obra de teatro, comedia en dos actos, escrita por el autor
chileno Alejandro Sieveking (quien nació en 1934 y falleció muy recientemente,
en 2020). Fue dirigida en su primera puesta en escena por Víctor Jara, en 1961.
El lenguaje de la
obra y la caracterización de los personajes, en su ingenuidad, así como la
utilización de canciones y bailes, son elaborados a partir de elementos del
mundo popular, de la primera mitad del siglo XX.
No obstante, antes
de ser una obra meramente folclórica, este drama, festivo y cómico a la vez,
alcanza el lenguaje de la tradición perenne y universal del mito, la
atemporalidad de las leyendas populares, construido con sustantiva carga
poética y situaciones mágicas, aunque profundamente humanas.
El mismo argumento
de la pieza dramática parte de la creencia popular de que el espíritu de un
muerto no puede acceder al descanso eterno si aún conserva algún anhelo
pendiente en vida… Por esta razón, cinco hermanas muertas “penan”, día y noche,
en una casona de campo, en la comuna de Talagante.
Las hermanas
González, Floridema, Zelmira, Orfilia, Luzmira y Bertina, tienen la misma
apariencia con la que murieron. Las primeras, cuatro octogenarias, mientras que
Bertina, la quinta, es joven. De este modo, las ánimas en pena se encuentran
tanto en una situación individual como colectiva, de esperanzas y desesperanza.
Eulogio, un
inocente y joven pueblerino, aparece con la intención de comprar la casaquinta,
a pesar de las advertencias de su primo Indalicio y su amigo El Nano, generando
la posibilidad de que cada una de las hermanas logre materializar sus deseos.
Eulogio conoce a las mujeres, sin saber que se trata de ánimas…
Entonces,
efectivamente, por azar, las ánimas van cumpliendo sus anhelos. Sencillos,
alcanzables: dar de beber una copita más de licor de membrillo; recuperar una
artesanía perdida hace muchos años; seguir a una de las hermanas donde quiera
que ésta vaya; y dar una cachetada a una mujer metiche y envidiosa.
Todas cumplen sus
deseos, salvo Bertina. Lo que más quería ella era dar un beso a un enamorado. Pero,
a causa de un feísimo lunar en la punta de su nariz, volvía turnios a quienes
se le acercaban, alejándolos.
Pese a esto,
Bertina y Eulogio se enamoran. El joven quiere comprometerse con ella. Incluso
hacen planes para el futuro. Pero la entrometida de Doña Vicente los
interrumpe, contando la verdad a Eulogio, quien se asusta, pues, ¡se trata de
un ánima en pena!
Recapacitando,
Eulogio le promete amor eterno. Sin embargo, Bertina le dice que se vaya. El
joven responde que cuando muera va a volver por ella, como ánima también,
retenido por el deseo de estar juntos. Bertina le promete que lo esperará,
aunque pasen muchos años. Se despiden con un beso…
¡Un beso! ¡Al fin!
¡Se cumple su deseo! Empero, Bertina ya no desea irse, pues se ha enamorado y,
por lo tanto, ha fecundado un nuevo deseo que la sujeta a este mundo. Se pierde
de este modo en un nuevo deseo, pero generando también una nueva esperanza de
cumplirlo.
Sin lugar a dudas,
una de las mejores obras de la dramaturgia chilena, que logra alcanzar un tema
de valor universal.
3. EL TONY CHICO.
Luis Alberto
Heiremans fue un dramaturgo, cuentista, novelista, traductor y actor chileno,
nacido en 1928 y muerto tempranamente, con tan sólo 35 años, en 1964.
Autor prolífico y
representativo de la llamada generación del 50,
contribuyó profundamente en la renovación de la dramaturgia nacional, la
indagación teatral de nuevos lenguajes y afianzamiento de una disciplina
profesional e integra.
Desde 1948
comenzaron a aparecer cuentos suyos en la revista Zigzag y en 1950, tras
regresar de un viaje de un año por Europa, publicó su primer volumen de
cuentos, titulado “Los niños extraños”.
Se recibió de
médico cirujano en la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, aunque
nunca ejerció la profesión; en cambio, se dedicó por completo a la literatura…
En 1952 publicó el libro de cuentos “Los demás”, al que siguieron “Los seres de
un día” (1960) y la novela “Puerta de salida” (1964).
La pieza teatral
“¡Esta señorita Trini!” (1958), es considerada el primer musical chileno; y la
trilogía integrada por “Versos de Ciego”, “El Abanderado” y “El Tony Chico”,
son estimadas como sus obras dramáticas fundamentales, si bien destaca asimismo
la trilogía “Buenaventura”.
Tras su muerte, la
dramaturgia de Heiremans cobró extraordinario honor y relevancia. En ella, el
autor plantea un rechazó al realismo y una orientación al existencialismo. La muerte, la incomunicación y la soledad,
son algunos de los temas centrales de su obra, aunque no como destinos
infranqueables...
Los personajes de
Heiremans deben enfrentarse a la búsqueda de bienes materiales precarios y la
voluntad de alcanzar la libertad por medio de la creación. Es así que el amor,
la fidelidad y, especialmente, la esperanza, cobran protagonismo.
Personajes
solitarios, arruinados o encerrados en sus ambiciones, obsesionados con la
muerte o el fracaso, enredados en una existencia de desencantos, buscan la
salvación.
En este sentido,
tal vez la obra más representativa del autor es “El Tony chico”, pieza que se
estrenó de forma póstuma en 1964, cinco días tras su muerte.
En esta obra se
cuenta la historia de un circo pobre y decadente al que un día llega el payaso
Landa, un singular personaje que está en busca de la trascendencia y que, en
medio de todo aquello, se encariña con un niño abandonado, “Juanucho”. Sin
embargo, ese bello encariñamiento es, a la vez, expresión de las culpas y
remordimientos de Landa… Y es que el circo es una metáfora de seres errantes,
como Landa, que no logran establecerse; que aparece y desaparece en un lugar y
en otro; que deambulan.
No obstante, a
pesar de ese vagabundeo en medio de las vicisitudes de la existencia y el
vacío, siempre hay una esperanza, donde se asoma la felicidad. Por lo tanto,
hay que sobreponerse a la tendencia a la evasión o al desapego, para atreverse
a alcanzar la trascendencia, aunque a veces parezca una payasada…
Y adónde le
gustaría ir, señor Juanucho, dice Landa, ya al final de la obra… Al mar,
responde Juanucho, olvidándose de su papel de tony… Hacia allá vamos, entonces,
dice Landa, y pregunta: ¿Has estado alguna vez? A lo que Juanucho simplemente
dice: ¿Cómo es?... Grande, responde Landa; verde en el día; con olas y la
espuma que vuela por encima. Y luego agrega, retomando el papel de tony: Siga
remando, señor Juanucho; mire que el camino es largo y el Paraíso queda lejos… ¿Allá
vamos?, pregunta Juanucho… Allá parece, dice Landa, perdiendo de nuevo su voz
de tony. Y sentencia: Parece que allá están todos los tesoros que la tierra en
otro tiempo tuvo.
4. LA NIÑA EN LA PALOMERA.
Fernando Cuadra, nacido
en 1927 y fallecido recientemente, en 2020, fue un escritor, actor, director
teatral y de televisión, profesor y gestor cultural. Autor de “La niña en la palomera”,
además de medio centenar de obras, libros de ensayos y una novela. Nació y
asistió a la escuela en Rancagua, realizó sus estudios universitarios y carrera
profesional en Santiago y en 2008 se radicó en el balneario de Cartagena, donde
encabezó el equipo de la Corporación Cultural.
Su generación y
formación es la de los teatros universitarios de los años 50 y 60,
junto a Isidora Aguirre y Alejandro Sieveking, quienes expresaron en su labor
artística un indomable compromiso social y a la vez poético, realista y también
utópico.
“La niña en la
palomera”, su obra más conocida, dividida en tres actos, es una “crónica
dramática” de una adolescente. Fue estrenada en 1966 por el Teatro de Ensayo de
la Universidad Católica y llevada al cine nacional en 1990. Los personajes son:
Ana María, Daniel, Alberto, Don René, Gaby, la sra. Luisa y la sra. Juana,
Manuel y La Patota.
La obra nos
presenta un mundo determinado, en una época determinada: el barrio de Estación
Central, en la intersección de las calles Chacabuco y Erasmo Escala, a mediados
de los años 60¢. Un lugar reconocible, pero del que hay
mucho por develar. Hoy, parte de nuestro pasado, aunque repetido o persistente.
En su localización, es también una crónica de muchos lugares y épocas, donde
los protagonistas son jóvenes de clase media-baja, o simplemente, jóvenes
populares.
Basada en el caso
real de una adolescente santiaguina que se escapó de su hogar con un hombre
mayor y se mantuvo escondida en el altillo de una casa; exigió, simultáneamente,
al elenco que la representó por primera vez, que hiciera una investigación en
terreno, con el objetivo de dar cuenta con elocuencia de un mundo concreto.
Todo esto muestra un compromiso con la realidad, que se acerca a los problemas
y los modos de vida de un sector social, que es sustantivamente mayoritario, de
aquellas miles y miles de mujeres y hombres que deben enfrentar dificultades
cotidianas para sobrevivir, un mundo lleno de necesidades y anhelos frustrados.
Ana María es una
joven que aún va al liceo y vive con sus padres, en una situación de
precariedad. Un barrio pobre, un padre alcoholizado, una madre sacrificada,
ambos al parecer sin ambiciones y llenos de dificultades económicas, que contrastan
con los deseos de la hija por acceder al lujo y la riqueza, que a diario
distingue en las estrellas de cine que tanto admira.
Gaby, su amiga, un
poco mayor que ella, ejerce la prostitución para acceder a dinero para comprar
ropa, joyas y comida. En lugar de ese camino, Ana María opta por escaparse con
un vecino, pero cuya relación rápidamente fracasa. Al volver a casa, su padre
la echa del hogar y Ana María sigue, más temprano que tarde, los pasos de Gaby.
La población, las
calles, sus habitantes, son partes de una vivencia que no es la psicología de
Ana María, su subjetividad, sino la realidad de relaciones sociales concretas y
determinadas. La familia, el barrio, la escuela, son los ámbitos donde se
desenvuelve esta obra y que no ofrecen soluciones, sino dificultades por
sortear. La Patota es un espacio de socialización de los sin futuro, donde
juegan a las cartas y molestan a la gente, al parecer único anclaje colectivo
para sostener la vulneración padecidas.
Las distintas
escenografías son todas mundos con el mismo y frustrante destino: la ausencia
de un horizonte alcanzable y el infortunio de un futuro incierto.
Mientras las
revistas, la televisión, los medios de comunicación, la farándula, se presentan
como un mundo tan deseable como inaccesible, tan fantástico como irrealizable,
que sólo logra inculcar la ansiedad por el éxito y del dinero fácil.
Calle de dirección
única: huir con un hombre mayor, Manuel, que tampoco puede ofrecer lo que Ana
María quisiera. Sólo se trató de una absurda y trágica huida. Únicamente
Daniel, un joven esforzado y estudioso, enamorado de la protagonista, se
presenta como una alternativa viable, pero sacrificada, que Ana María rechaza.
No obstante, esta
dramática crónica no aboga por la ausencia de sueños y deseos, no es expresión
de un pesimismo inmovilizador. Todo lo contrario: lo que trata de expresarnos
es la construcción de un horizonte posible, de una utopía concreta. Para construir
tal alternativa, no sólo hay que fantasear, hay que construirla a partir de una
realidad concreta, nuestra realidad.
5. CONCLUSIÓN.
En medio de la
marginalidad o la periferia, una población callampa, una casona de campo, un
circo pobre y decadente, un barrio de Estación Central, y duras condiciones de
vida, surge la inquietud por la esperanza.
En primer lugar,
el teatro opera como un espacio de comunión, de encuentro, y de su elemento
fundante de catarsis. Son obras que van hacia la comunidad, al espacio público,
y por medio de él, hacia la interioridad.
A partir de personajes
anodinos, comunes, incluso cuando se trata de seres sobrenaturales, como en Ánimas
de día claro, se busca que el espectador reconozca sus propias experiencias
y costumbres.
Las motivaciones
educativas o informativas, el desarrollo del pensamiento crítico, están
supeditados al contenido artístico y estético. No son obras de propaganda. Sino
que, con el mismo espíritu clásico del teatro, buscan despertar la conciencia y
remover las emociones. Son una fiesta, un carnaval, del cual surge la
autoconciencia.
Del mismo modo, la
puesta en escena o escenografía, busca ir más allá de la mera representación.
Tienen el objetivo de motivar que el espectador diga: “yo vivo allí”; e
incluso, por qué no, “yo puedo crear aquello”.
En el caso de La
niña en la palomera, que implicó una investigación de campo, con el
objetivo de dar cuenta con elocuencia de una realidad concreta, además generó
una interacción entre representados y representantes, yendo más allá del
reflejo escénico.
Lo colectivo,
entonces, no es sólo una experiencia, sino una capacidad. No vivo lo colectivo,
sino que también lo creo; lo producimos... En ese proceso productivo, la
imaginación puede superar o, al menos, soslayar toda limitación.
De este modo,
tanto contenido como forma, diálogo y escena, representación y catarsis, abordan
la esperanza como esperanza concreta, aquí y ahora; a la vez que como
producción colectiva y capacidad individual.
Alzarse contra la
indiferencia y la renuncia, el aprendizaje que supone la superación de los
miedos y obstáculos, el ímpetu que incita a la acción; y la vivencia y
situación individual, a la vez que el esfuerzo colectivo, son los elementos
espirituales que estas cuatro piezas teatrales elaboran y comparten.
Obras trágicas,
donde, sin embargo, la comedia ocupa un lugar enriquecedor, no sólo en el
sentido de hacer más llevadero el drama, sino de expresar fielmente la realidad,
puesto que la realidad es, al fin de cuentas, una tragedia y una comedia a la
vez. Por lo demás, sólo allí, en medio del dolor, puede nacer la esperanza.
El realismo, que,
como dijimos, es a la vez trágico y cómico, doloroso y esperanzador, tampoco
deja fuera lo fantástico, el mito, la religión, los sueños, en tanto que
inquietudes y expresiones absolutamente humanas. En este sentido, el folclor no
es sólo una expresión formal, sino de sentido; es el conocimiento acumulado por
generaciones. Es un conocimiento tradicional no en el sentido conservador o
reaccionario, sino en tanto que perenne y universal, atemporal y poético.
Por ello, El
tony chico no está alejado del espíritu de la época, puesto que en ningún
caso se trata aquí de un vulgar “realismo socialista” del periodo de la Guerra
fría.
Por todo esto la
pregunta por la muerte y el más allá de la vida, por la carne y por el
espíritu, por la realización o el fracaso terrenal, la comunicación y la
soledad, así como por la trascendencia, tienen cabida.
Se trata de una
comunión entre lo inmanente y lo trascendente. Se trata, por lo tanto, de la encarnación.
La encarnación de los actores respecto a la realidad representada y encarnación
de los espectadores respecto a su propia realidad, ya sea en la catarsis o la
motivación y posterior acción para volverse, ellos mismos, actores, en una
compañía compuesta por aficionados, muchas veces compañía de teatro callejero,
como las que proliferaron en años siguientes, incluso hasta la década de los 90.
No es un teatro
puramente contemplativo, como bien lo expresa Población Esperanza. Del
mismo modo que no es una esperanza contemplativa ni especulativa, sino concreta,
anticipadora del horizonte con el que nos comprometemos; la búsqueda de bienes
materiales precarios y la voluntad de alcanzar la libertad por medio de la
creación, contra el pesimismo inmovilizador. Se trata de buscar la salvación en
medio de las ruinas.
Los anhelos, la
esperanza, las utopías, son sencillas, alcanzables. Son alcanzables, pero
también interminables, puesto que una utopía concreta hace nacer una nueva
utopía. La realización de un deseo fecunda otro deseo. Un logro, llama a
esforzarse por alcanzar otro.
Son, ciertamente,
seres errantes, perdidos, con culpas y remordimientos, pero no seres abandonados.
¡Como siempre ha sido y será la existencia humana! Un mundo determinado, una
época determinada, son a la vez todas las épocas. Es la condición humana,
enfrentada a sus problemas fundamentales.
En medio de las
vicisitudes de la existencia y el vacío, siempre hay una esperanza, donde se
asoma la felicidad. Por lo tanto, hay que sobreponerse a la tendencia a la
evasión o al desapego, para atreverse a alcanzar la trascendencia.
Aquí entra una
nostalgia compartida. Paradojalmente, la esperanza se muestra como una
nostalgia del futuro.
Compromiso con la
realidad y la fantasía, con el presente y el futuro, sin olvidar el pasado,
articulan inmanencia y trascendencia, por medio de la encarnación.
Ante la ausencia
de un horizonte alcanzable y el infortunio de un futuro incierto, se trata de
mostrar el futuro para los que, aparentemente, no tienen futuro.
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