En 1988, Enrique Lihn escribió: “… la mayor parte
de los poetas de mi generación entendíamos la poesía como canto, en primer
lugar y sólo en segundo como escritura”. Juicio que fue modificado (en él y
otros) con el paso de los años, la experiencia y las influencias: “Algunos de
nosotros, estimulados por el ejemplo de Nicanor Parra, nos alejamos rápidamente
de ese tipo de poesía –del hipnotismo de las Residencias de Neruda, del
gigantismo de De Rokha–. Stella, no”.
Pero del 47 al 49 (este último, año en que
Díaz Varin editó su primer poemario, Razón de mí ser), Lihn imitaba,
como un escolar, al peor Neruda; y del 49 al 54, lo seguía haciendo,
aunque ya no en lo formal, sí en los tópicos. Mientras que Stella Díaz
Varin, “La colorina”, tenía desde el comienzo “voz propia”:
Yo, que era la misma muerte,
y fui yo quien decreté mi angustia
sobre la enredadera de mi sangre….
Porque Díaz Varin no fue impregnada por el ejemplo
de Neruda, a diferencia de Lihn y otros, sino de Rimbaud, Mallarmé, Rilke.
Muchas veces, para ser más actual que los contemporáneos, hay que volver a los
“clásicos”. De ahí que pueda ser comparada, por Alone, con Huidobro (aunque un Huidobro sin
ironías), dado que también él hacía de lo viejo algo nuevo.
Romanticismo, decadentismo, simbolismo, dice Lihn,
a propósito de Los dones previsibles, son las tendencias que podemos
encontrar en Díaz Varin. Es que “la generación del 50”, era una generación
joven e idealista (¿basta decir “joven” para decir “idealista”?), y las
influencias son, a esa edad, una obstinación central. Sólo es necesario
aproximarse a los artículos escritos acerca de esta “leyenda turbulenta” para
constatar la preocupación por mantener conversaciones inteligentes e
ilustradas, profundas y animadas, saboreando la médula de los poetas recién
muertos, con los camaradas eufóricos de los veintitantos años…
La poesía de Díaz Varin posee esa sinfonía de
influencias que la hacen parecer única y la proyectan como una pócima de
experiencias que exigen el abandono de la lógica (del que habla Alone).
Pero aquellas influencias no son necesarias citarlas (como no es necesario
citar –al igual que lo hacen a destajo los críticos literarios– las polémicas
del poeta).
En los cuatro poemarios editados entre el 49 y el
92, encontramos tan sólo una cita, extraída de Así hablaba Zaratustra,
de Nietzsche, aparecida en Tiempo, medida imaginaria. Y en cuatro ocasiones el
epígrafe es de ella misma.
Basta leer un fragmento, escogido al azar, de los
tres poemarios que aparecen en el periodo 49-59, para hallar en esos “versos
largos y acumulativos”, como dice Lihn, característicos de aquel decenio, la
carga de las lecturas reveladoras y motivadoras:
Ay hermano,
mi voz creó un sonido diferente
para decidir el crujido del agua
y su alma de superficiales espumas rotas,
y no soy yo quien mira, sino tú quien contemplas,
y no soy yo quien habla. Vienes…[8]
En Díaz Varin podemos identificar, o al menos
presentir y conjeturar, las influencias que permanecen mudas, aunque latentes,
lo mismo que en la manera de amar de los adultos en cuyo fundamento persiste el
amor de los niños y adolescentes:
Amigo, adolescente,
niño de la palabra;
solitario, enviado desde tiempos nocturnos
para hacerme olvidar en tu beso
los fuegos explorados.
La poesía de Díaz Varin se requiere sólo a sí
misma, haciéndonos olvidar cualquier posible influencia. Se presenta como una
“voz propia” e inconfundible, de la cual ella misma podía sentirse orgullosa, y
los camaradas de la “generación del 50” admiraban y reconocían; a pesar de que
sus temáticas pertenecían a lo que los historiadores llaman “el tiempo largo”,
es decir, tópicos que podemos rastrear en épocas vetustas, como la muerte, el
amor, el sufrimiento, el odio, la soledad.
Esto es posible por dos razones, que son en el
fondo una misma razón. Primero, la poesía de Díaz Varin es para ser escuchada,
por lo tanto, la modalidad temática queda en segundo plano. Ya Lihn lo dijo:
Díaz Varin “… se apoya en la gesticulación más que en el sentido”. Y, en
segundo lugar, en tanto materialización de la palabra en la voz, en cualquier
tiempo y lugar, la poesía puede ser sentida.
La poesía es, principalmente, una relación entre
quien recita y quien escucha, sin tener que pasar necesariamente por un
desciframiento de los signos. La poesía hermética –hermética en el sentido de
experiencia irrepetible e inenarrable para otro, aunque de todas maneras entregada
a un otro–, tiene como alusión un particular, un “lar” (como dice Tellier),
pero que puede ser puesta para quien quiera escucharla (o no) en la recitación.
Sin embargo, Díaz Varin no necesita de la onomatopeya, o cualquier otra
formalidad de vanguardias añejas, para transmitir la resonancia micro y
macroscópica de la poesía cuando es recitada. Cualquier palabra es capaz de
producir un cómo y un para qué de la existencia:
Una sola será mi lucha
Y mi triunfo.
Encontrar la palabra escondida
aquella vez de nuestro pacto secreto
a pocos días de terminar la infancia.
Debes recordar
donde la guardaste.
Debiste pronunciarla siquiera una vez….
Es allí donde se ha de buscar la lucha política de
la poesía, y no en la alusión directa de una “causa”. La relación que pone en
movimiento la palabra es su política en tanto “acto verbal” para otros y entre
otros y, por qué no, por y a partir de otros, en la comunión:
Tú llevas una bandera me han dicho.
Sí.
Tú llevas una bandera
Yo sé
Que la bandera es de un rojo profundo
Toda bandera es un río de sangre.
No obstante, esta preponderancia del lenguaje, de
la relación, por sobre el hablante, no pone a este último en una posición
inicua, accesoria. Se trata, por el contrario, que la relación social vuelva a
situar al sujeto en una posición que para sí y para otros es de suma
preeminencia:
Ay compañero;
tu rasgada piel de animal quebradizo,
ay hombre, muriendo e inconcluso,
hombre de intentos pétreos,
de prohibidas féculas candeales.
Hay un Yo en el fundamento de los cuatro
poemarios de Stella Díaz Varin, editados entre el 49 y el 92. Un Yo que,
sin embargo, no necesariamente es “… la propia persona retorizada…”, de la que
habla Lihn. Es el sujeto real producido por relaciones concretas y determinadas,
esforzándose por lidiar con las exigencias, a veces atroces y crueles, a veces
cautivadoras y tiernas, de la existencia.
Es así
Que la vida es en su muerte
Una pura subtancia
Un sereno ocurrir, naturalmente
Un ritual
De poderes ocultos en su origen
Un círculo elemental
Un curioso bullicio
Un germinar muriendo.
Es así
Que estoy viva
Y en cada vida
Se me va la muerte.
La poesía de Stella Díaz Varin, “La colorina”,
establece una relación que suma vida, esperanza, muerte, destino elemental;
donde no hay límite absoluto entre naturaleza y cultura (naturalmente un
ritual, se ha de leer en el poema arriba citado), ni entre lenguaje y
habla, comunión y soledad, alegría y sufrimiento, sino una pulsión que se
propaga en uno y otro ámbito, que es en el fondo el mismo ámbito, el de la
existencia: donde se escribe, a pesar de que lo que queremos es recitar.
Me encantó tu blog, Felipe, cada entrada está compleja, nueva, una construcción que se puede leer, sentir, sufrir y disfrutar. Te sigo leyendo!
ResponderEliminarMuchas gracias! Ha habido un salto desde los primeros post acerca de coyuntura política y los siguiente de arte. Se suponía que tenia que ser más matizado ese cambio. Lo que pasó es que necesitaba descansar la reflexión sobre el fracaso político. Pero poco a poco iré volviendo a la "metapolítica", aunque ahora en otra etapa. Los primeros 10 post eran el Infierno, ahora vendrá el Purgatoria... El por qué de las reflexiones sobre arte radica en que, tras la huida de la política, hay que emboscarse. En mi caso, el bosque es el arte.
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