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JORGE TEILLIER, POETA, SABIO SECRETO

 

Jorge Teillier nació en Lautaro, Región de la Araucanía, el 24 de junio del año 1935. Desde los años 20 y hasta principios de los 60, Lautaro vivió un periodo de auge económico y cultural, producto de la industrialización, de la que fueron protagonistas los migrantes europeos, lo que generó, a su vez, el desarraigo de la economía tradicional de la zona y sus habitantes.

 Fue nieto de emigrantes franceses, que llegaron a vivir al sur de Chile, donde se amalgaman su monumental formación cultural y su amor por la naturaleza, así como las tradiciones francesas, criollas y mapuche. Esa mixtura estaría en la base del universalismo presente a lo largo de toda su obra.

 Muy temprano, en la infancia, comenzó su lectura de prosas (novelas de aventuras, leyendas, crónicas); y la adolescencia trajo consigo el tesoro de la poesía. Varios de los poemas de su primer libro, Para ángeles y gorriones (1956), fueron escritos en el Liceo de Lautaro, que hoy lleva su nombre. 

 A los 18 años, Teillier migró a la capital para ingresar al Instituto Pedagógico, donde estudió Historia y Geografía, acaso como una extensión de su afán por la cultura, la naturaleza y las distintas tradiciones e identidades que lo fascinaban.

 En esos años conoce a los autores de la llamada generación del 50, como Rolando Cárdenas, Enrique Lihn y Efraín Barquero, entre otros.

 Tras obtener su título universitario, fue profesor en el Liceo de Lautaro.

 También fundó y dirigió la mítica revista Orfeo, en 1963, para dejarla dos años después y hacerse cargo del Boletín de la Universidad de Chile, en cuyo primer número publicó una antología compuesta por los poetas Efraín Barquero, Alfonso Calderón, Rolando Cárdenas, Carlos De Rokha, Pablo Guiñez, Floridos Pérez y Alberto Rubio, precedida por su artículo “Los poetas de los lares. Nueva visión de la realidad de la poesía chilena” (mayo de 1965).

 Asimismo, colaboró constantemente en diversos periódicos, revistas y realizó también traducciones.

 Entre sus muchas contribuciones a la producción literaria, tanto artística como teórica, destaca la cometida en el ensayo ya citado “Los poetas de los lares”, donde examina la obra poética de quienes se centraron en la temática de la provincia, la infancia y el respeto por las tradiciones, del origen, la identidad y la frontera, inaugurando una importantísima vertiente de la poesía chilena: la poesía lárica o de los lares.

 La poesía lárica, que es a la vez una estética y una ética, refleja también la concepción de su propia producción poética, en la que encontramos, nuevamente, esa amalgama que se incuba desde su infancia y lo constituye como un poeta singular y universal, a la vez: la búsqueda de la mítica poética o creación del mito, que trascienda el tiempo y el espacio; simultáneamente, que dicha trascendencia se realice a partir de lo propiamente cotidiano; por eso, su nostalgia de pasado o paraíso perdido, de la infancia, la naturaleza y la provincia; y la búsqueda y elaboración, por lo tanto, de un lenguaje amable, emotivo y eficaz; construcción de un mundo de imágenes y temporalidades subjetivas, que sean, conjuntamente, universales; y por último, el recurso a tradiciones e identidades diversas, que van de los cuentos de hadas, la literatura escolar, la formación clásica y vanguardista, el cine, la televisión y las expresiones culturales populares.

 Al año siguiente, Enrique Lihn, quien ya había publicado La pieza oscura (1963) y ese año publicaría Poesía de paso, objetó la poesía lárica con un ensayo titulado “Definición de un poeta”, publicado en Anales de la Universidad de Chile (Enero-Marzo de 1966), en el que escribió:

 “Este falso provincianismo de intención supralocal, desprovisto de una ingenuidad que lo justifique históricamente, quiere reivindicar una poesía que naturalmente no tiene ya nada que decir, en nombre de otra, artificiosa, cuyo supuesto y cuya falacia estriban en que, ante un mundo moderno de una complejidad creciente, desmesurado en todos sentidos y en tan grande medida peligroso, la actitud poética razonable estaría en restituirse a la Arcadia perdida, pasando, en un amable silencio, escéptico, minimizador, los motivos inquietantes de toda índole que acosan al escritor actual abierto al mundo y oponiéndole a este un pequeño mundo encantatorio, falso de falsedad absoluta, con sus gallinas, sus gansos y sus hortalizas”.

 No obstante, como demuestra su fructífera y profunda actividad crítica (de la que es prueba la excelente recopilación titulada “Prosas”, por Editorial Sudamericana, año 2000), Teillier estaba lejos del provincialismo. Su espíritu universal trascendía el mundo de ese “escritor actual”, obnubilado por sí mismo y sus inquietudes, orientándose, por el contrario, a una tradición no dogmática, perenne, simbólica, mitopoyética y existencial, que compartía con Edgar Allan Poe y Baudelaire, quienes eran a la vez absolutamente modernos, en el sentido expresado por las obras de estos autores “El hombre de la multitud” y “El pintor de la vida moderna”, respectivamente.

 Ni para Poe ni Baudelaire ni Teillier hay vuelta atrás, no hay regreso a ninguna “Arcadia perdida”. Hay una aceptación de la Modernidad, aunque no como ideal ilustrado y progresista, sino como una experiencia pesada de lo inestable, informe y fluida, de constante vértigo, ruidosa y cambiante. Por eso el material con el que trabajan son símbolos caídos.

 La poesía de Teillier no opera a través de las cosas elevadas, sino aceptando la condición de caída, puesto que el mismo cielo cae con las hojas. En ese sentido, los “ángeles” de Teillier son muy distintos a los ángeles de Rilke, perteneciendo más bien al orden de las abuelas y los rosarios; las reinas no son ni árabes ni mitológicas, sino la niña que fantasea con una película de Disney, la que gana la kermés del colegio o la Fiesta de la Primavera.

 Teillier, afirmamos nosotros, estaba más cerca de lo que se ha visto de Walter Benjamin, quien también poesía un conocimiento secreto, un árbol de la memoria, y de quien dijo Gershom Scholem que era un “teólogo extraviado en el reino de lo profano”.

 Tal vez era Lihn quien padecía de provincialismo, aunque se situase en metrópolis como Santiago, Nueva York o París, lo que no lo dejaba ver que Lautaro, la Araucanía o La Ligua, sus historias, geografías y sus gentes, o la Punta Arenas de Cárdenas, el Cochamó o Los Ángeles de Floridor Pérez, existían, existen y seguirán existiendo, ya que:

 El mundo no puede terminar

porque las palomas y los gorriones

siguen peleando por la avena en el patio”.

 El tiempo no vuelve atrás. Pero tampoco le cabe al tiempo el concepto de progreso. Y a nuestro tiempo, en específico, le viene mejor lo que los hindúes denominan el Kaliyuga, “era de riña e hipocresía”.

 Teillier lo sabía. Y ese saber le pesó, como a Poe y a Baudelaire.

 A lo largo de su carrera, Jorge Teillier obtuvo numerosos reconocimientos. Aunque también estuvo excluido de los circuitos canónicos y, sobre todo, institucionales (aunque debiese decir “autoexcluido”, no por su alcoholismo, como podrían llegar a pensar y manifestar espíritus serviles y romos, sino porque, producto de su sabiduría, que guardo siempre secretamente, no se interesaba por reconocimientos ni cargos oficiales, a diferencia de otros artistas que hoy nadie recuerda), por lo que no recibió el Premio Nacional de Literatura, a pesar de ser uno de los más importantes escritores, no sólo nacionales, sino latinoamericanos.

 Sus últimos años de vida los pasó en la comuna de Cabildo, en la Provincia de Petorca, en el sector denominado El Molino de Ingenio, a donde se había trasladado en 1987. Y donde murió de cirrosis hepática en 1996, tras haber sido llevado de urgencia al Hospital Gustavo Fricke, de Viña del Mar.

 Algunos sus principales poemarios son:

 • Para ángeles y gorriones, de 1956.

• Poemas del País de Nunca Jamás, de 1963

• Crónica del forastero, de 1968.

• Para un pueblo fantasma, de 1978.

• Cartas para reinas de otras primaveras, de 1985.

• El molino y la higuera, de 1993.

 A continuación, presento una pequeña selección que he realizado de 13 de los poemas que más me han hechizado cada vez que vuelvo a releer a Teillier; y a la que, si me lo pidieran, titularía “Para hablar con los muertos”.

 

HOY SOY UN MIEMBRO DEL CLUB DE LOS CORAZONES SOLITARIOS

 

Hoy soy un miembro del Club de los Corazones Solitarios.

En la clínica espero, aburrido, el desayuno,

Mientras mi compañero de mesa mira el muro recién blanqueado

y comenta, riendo, una película de gangsters.

 

Nunca te envié ni siquiera una postal, y no sé por qué me acuerdo de ti.

Debes estarle dando desayuno a tus hijos

¿Cuántos son? ¿Se parece alguno a mí?

Debes haberte casado con un profesor primario o un Jefe de Correos.

 

Vas a la huerta y hablas con tu madre

sobre tu padre y sus amigos muertos

que hoy deben estar en el cielo jugando brisca rematada,

tras dejar como herencia casas a medio morir saltando.

 

Yo, antes de ir al Liceo,

te hablaría bien del peor alumno del curso

y del partido de fútbol que ayer ganó el “Águilas del Barrio Norte”.

Yo no sabía que iba a viajar bajo tantos cielos agonizantes,

y que en ningún país hallaría a alguien que compartiera el silencio.

 

Yo no sabía que iba a cumplir cincuenta años sin nadie

y por eso te veo mientras espero el desayuno.

Sonreías en el puente cuando te decía que no moriríamos en Nápoles

y que en el Sena te obligaría a subir a un bateau-mouche.

 

Tú vuelves a hacer hablar a la cocina a leña

y tus días pasan como si no pasaran:

son el tropel de bueyes que tu hermano lleva a la Feria

y yo sigo escribiendo versos tontos que debería echar al fuego.

Hoy soy un miembro del Club de los Corazones Solitarios.

 

*

 

PEQUEÑA CONFESIÓN

 

(En memoria de Serguei Esenin)

 

Sí, es cierto, gasté mis codos en todos los mesones.

Me amaron las doncellas y preferí a las putas.

Tal vez nunca debiera haber dejado

el país de techos de zinc y cercos de madera.

 

En medio del camino de la vida

vago por las afueras del pueblo

y ni siquiera aquí se oyen las carretas

cuya música he amado desde niño.

 

Desperté con ganas de hacer un testamento

—ese deseo que le viene a todo el mundo—

pero preferí mirar una pistola

la única amiga que no nos abandona.

 

Todo lo que se diga de mí es verdadero

y la verdad es que no me importa mucho.

Me importa soñar con caminos de barro

y gastar mis codos en todos los mesones.

 

"Es mejor morir de vino que de tedio"

sin pensar que pueda haber nuevas cosechas.

 Da lo mismo que las amadas vayan de mano en mano

cuando se gastan los codos en los mesones.

 

Tal vez nunca debí salir del pueblo

donde cualquiera puede ser mi amigo.

Donde crecen mis iniciales grabadas

en el árbol de la tumba de mi hermana.

 

El aire de la mañana es siempre nuevo

y lo saludo como un viejo conocido,

pero aunque sea un boxeador golpeado

voy a dar mis últimas peleas.

 

Y con el orgullo de siempre

   digo que las amadas pueden ir de mano en mano

pues siempre fue mío el primer vino que ofrecieron

y yo gasto mis codos en todos los mesones.

 

Como de costumbre volveré a la ciudad

escuchando un perdido rechinar de carretas

y soñaré techos de zinc y cercos de madera

mientras gasto mis codos en todos los mesones.

 

*

BOTELLA AL MAR

 

 Y tú quieres oír, tú quieres entender.

 Y yo te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes.

 Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni para los iniciados.

 Es para la niña que nadie saca a bailar,

 Es para los hermanos que afrontan la borrachera

Y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos.

*

 

ESTAS PALABRAS

 

Estas palabras quieren ser

un puñado de cerezas,

un susurro –¿para quién?—

 entre una y otra oscuridad.

 

Sí, un puñado de cerezas,

un susurro –¿para quién?—

entre una y otra oscuridad.

 

*

CUANDO TODOS SE VAYAN

 

Cuando todos se vayan a otros planetas

yo quedaré en la ciudad abandonada

bebiendo un último vaso de cerveza,

y luego volveré al pueblo donde siempre regreso

como el borracho a la taberna

y el niño a cabalgar

en el balancín roto.

Y en el pueblo no tendré nada que hacer,

sino echarme luciérnagas a los bolsillos

o caminar a orillas de rieles oxidados

o sentarme en el roído mostrador de un almacén

para hablar con antiguos compañeros de escuela.

 

Como una araña que recorre

los mismos hilos de su red

caminaré sin prisa por las calles

invadidas de malezas

mirando los palomares

que se vienen abajo,

hasta llegar a mi casa

donde me encerraré a escuchar

discos de un cantante de 1930

sin cuidarme jamás de mirar

los caminos infinitos

trazados por los cohetes en el espacio.

 

*

FIN DEL MUNDO

 

 

 

El día del fin del mundo

será limpio y ordenado

como el cuaderno del mejor alumno.

El borracho del pueblo

dormirá en una zanja,

el tren expreso pasará

sin detenerse en la estación,

y la banda del Regimiento

ensayará infinitamente

   la marcha que toca hace veinte años en la plaza.

Sólo que algunos niños

dejarán sus volantines enredados

en los alambres telefónicos,

para volver llorando a sus casas

sin saber qué decir a sus madres

y yo grabaré mis iniciales

en la corteza de un tilo

pensando que eso no sirve para nada.

 

Los evangélicos saldrán a las esquinas

a cantar sus himnos de costumbre.

La anciana loca paseará con su quitasol.

Y yo diré: “El mundo no puede terminar

porque las palomas y los gorriones

siguen peleando por la avena en el patio”.

 

*

BAJO EL CIELO NACIDO TRAS LA LLUVIA

 

Bajo el cielo nacido tras la lluvia

escucho un leve deslizarse de remos en el agua,

mientras pienso que la felicidad

no es sino un leve deslizarse de remos en el agua.

O quizás no sea sino la luz de un pequeño barco,

esa luz que aparece y desaparece

en el oscuro oleaje de los años

lentos como una cena tras un entierro.

 

O la luz de una casa hallada tras la colina

  cuando ya creíamos que no quedaba sino andar y andar.

 

O el espacio del silencio

entre mi voz y la voz de alguien

revelándome el verdadero nombre de las cosas

con sólo nombrarlas: "álamos", "tejados".

La distancia entre el tintineo del cencerro

en el cuello de la oveja al amanecer

y el ruido de una puerta cerrándose tras una fiesta.

El espacio entre el grito del ave herida en el pantano,

y las alas plegadas de una mariposa

sobre la cumbre de la loma barrida por el viento.

 

Eso fue la felicidad:

dibujar en la escarcha figuras sin sentido

sabiendo que no durarían nada,

cortar una rama de pino

para escribir un instante nuestro nombre en la tierra húmeda,

atrapar una plumilla de cardo

para detener la huida de toda una estación.

 

Así era la felicidad:

breve como el sueño del aromo derribado,

o el baile de la solterona loca frente al espejo roto.

 

Pero no importa que los días felices sean breves

como el viaje de la estrella desprendida del cielo,

pues siempre podremos reunir sus recuerdos,

así como el niño castigado en el patio

encuentra guijarros para formar brillantes ejércitos.

 Pues siempre podremos estar en un día que no es ayer ni mañana,

mirando el cielo nacido tras la lluvia

y escuchando a lo lejos

un leve deslizarse de remos en el agua.

 

*

A UN VIEJO PÚGIL

 

Revistas color sepia, programas de matches estelares,

el par de guantes firmados por el Presidente

cuando ganó el Campeonato

colgados junto al retrato de la Difunta

lo hacen buscar la gloria del álbum amarillento

y mientras hierve el agua en el anafe

va recordando la cara del público y sus rivales

a quienes el tiempo les ha contado diez.

 

La tarde cuelga frente a su ventana

como una raída y sucia bata de combate,

y él vuelve a bailotear en el ring,

siente ovaciones en la tarde muerta.

 

No crean que está solo

mientras prepara el café

y hace guantes frente al espejo

que le muestra su nariz rota y sus orejas de coliflor.

 

Todas las tardes regresan sus admiradores

que en la estación se empujan para llevarlo en hombros

a la vuelta de su gira triunfal

y lo dejan en la primavera del césped de pez-castilla

donde —como le prometió a su madre—

sueña que ha esquivado —sin despeinarse— los golpes del olvido.

*

 

RESURRECCIÓN

 

Resurrección en la tarde.

Ya no está el muro de los recuerdos.

Campana de fiesta

repica en la mesa

un plato de salmón del Cautín

y un vaso de vino nuevo.

 

Ángeles te cuidan

desde el corazón de los cerezos

y el barro de la ciudad

lo quita de tu cara

las manos generosas de la noche.

 

Como gotas de agua suenan los cascos

  de un caballo negro y un caballo blanco

que pasan frente a la ventana.

Ebrio salgo tras ellos

por caminos que inventa la luna

de la que juntos huíamos hace años.

 

*

RETRATO DE MI PADRE, MILITANTE COMUNISTA

 

En las tardes de invierno

cuando un sol equivocado busca a tientas

los aromos de primaveras perdidas,

va mi padre en su Dodge 30

por los caminos ripiados de La Frontera

hacia aldeas que parecen guijarros o perdices echadas.

 

O llega a través de barriales

a las reducciones de sus amigos mapuches

cuyas tierras se achican día a día,

para hablarles del tiempo en que la tierra

se multiplicará como los panes y los peces

y será de verdad para todos.

 

Desde hace treinta años

grita “Viva la Reforma Agraria”

o canta “La Internacional”

con su voz desafinada

en planicies barridas por el puelche,

en sindicatos o locales clandestinos,

rodeado de campesinos y obreros,

maestros primarios y estudiantes,

apenas un puñado de semillas

para que crezcan los árboles de mundos nuevos.

 

Honrado como una manta de Castilla

lo recuerdo defendiendo al Partido y a la Revolución

sin esperar ninguna recompensa

así como Eddie Polo —su héroe de infancia—

luchaba por Perla White.

 

Porque su esperanza ha sido hermosa

como ciruelos florecidos para siempre

a orillas de un camino,

pido que llegue a vivir en el tiempo

que siempre ha esperado,

cuando las calles cambien de nombre

y se llamen Luis Emilio Recabarren o Elías Lafferte

(a quien conoció una lluviosa mañana de 1931 en Temuco,

cuando al Partido sólo entraban los héroes).

 

Que pueda cuidar siempre

los patos y las gallinas,

y vea crecer los manzanos

que ha destinado a sus nietos.

 

Que siga por muchos años

cantando la Marsellesa el 14 de Julio

en homenaje a sus padres que llegaron de Burdeos.

 

Que sus días lleguen a ser tranquilos

como una laguna cuando no hay viento,

y se pueda reunir siempre con sus amigos

de cuyas bromas se ríe más que nadie,

a jugar tejo, y comer asado al palo

en el silencio interminable de los campos.

 

En las tardes de invierno

cuando un sol convaleciente

se asoma entre el humo de la ciudad

veo a mi padre que va por los caminos ripiados de La Frontera

a hablar de la Revolución y el paraíso sobre la tierra

en pueblos que parecen guijarros o perdices echadas.

 

*

 

PARA HABLAR CON LOS MUERTOS

 

Para hablar con los muertos

hay que elegir palabras

que ellos reconozcan tan fácilmente

como sus manos

reconocían el pelaje de sus perros en la oscuridad.

Palabras claras y tranquilas

como el agua del torrente domesticada en la copa

o las sillas ordenadas por la madre

después que se han ido los invitados.

Palabras que la noche acoja

como a los fuegos fatuos los pantanos.

 

Para hablar con los muertos

hay que saber esperar:

ellos son miedosos

como los primeros pasos de un niño.

Pero si tenemos paciencia

un día nos responderán

   con una hoja de álamo atrapada por un espejo roto,

con una llama de súbito reanimada en la chimenea,

con un regreso oscuro de pájaros

frente a la mirada de una muchacha

que aguarda inmóvil en el umbral.

 

*

MURIÓ CÁRDENAS

 

El poeta Lorenzo Peirano llega desde Coinco

a la calle Esperanza, luego, respirando callejones,

pasa por Libertad y me envía a La Ligua

un telegrama: “Murió Cárdenas”.

Nos vimos por última vez un 18 de Septiembre

en Inés de Suárez, la ciudad estaba

embanderada en honor de nuestro encuentro.

Ahora sólo puedo esperar que nos encontremos

junto a Samuel Donoso para leer a Saint-John Perse

y cantar: “Oh que dulce es el misterio de la vida”.

Espérame Rolando. Has dado la señal.

 

*

DESPEDIDA

 

(El caso no ofrece ningún adorno

para la diadema de las Musas.

 

Ezra Pound)

 

Me despido de mi mano

que pudo mostrar el paso del rayo

o la quietud de las piedras

bajo las nieves de antaño.

 

Para que vuelvan a ser bosques y arenas

me despido del papel blanco y de la tinta azul

de donde surgían los ríos perezosos,

cerdos en las calles, molinos vacíos.

 

Me despido de los amigos

en quienes más he confiado:

los conejos y las polillas,

las nubes harapientas del verano,

mi sombra que solía hablarme en voz baja.

 

   Me despido de las Virtudes y de las Gracias del planeta:

los fracasados, las cajas de música,

los murciélagos que al atardecer se deshojan

de los bosques de casas de madera.

 

Me despido de los amigos silenciosos

a los que sólo les importa saber

dónde se puede beber algo de vino,

y para los cuales todos los días

no son sino un pretexto

para entonar canciones pasadas de moda.

Me despido de una muchacha

que sin preguntarme si la amaba o no la amaba

caminó conmigo y se acostó conmigo

cualquiera tarde de esas que se llenan

de humaredas de hojas quemándose en las acequias.

 

Me despido de una muchacha

cuyo rostro suelo ver en sueños

iluminado por la triste mirada

de trenes que parten bajo la lluvia.

 

Me despido de la memoria

y me despido de la nostalgia

—la sal y el agua

de mis días sin objeto—

 

Y me despido de estos poemas:

palabras, palabras —un poco de aire

movido por los labios— palabras

para ocultar quizás lo único verdadero:

que respiramos y dejamos de respirar.

 

*

 

PROCEDENCIA DE LOS POEMAS SELECCIONADOS:

 

-           Hoy soy un miembro del Club de los Corazones Solitarios, de El molino y la higuera, 1993.

-           Pequeña confesión, de Para un pueblo fantasma, 1978. 

-           Botella al mar, de Cartas para reinas de otras primaveras, 1985. 

-           Estas palabras, de Para un pueblo fantasma, 1975. 

-           Cuando todos se vayan, de El árbol de la memoria, 1961.

-           Fin del mundo, de Poemas del País de Nunca Jamás, 1963.

-           Bajo el cielo nacido tras la lluvia, de Los trenes de la noche y otros poemas, 1964.

-           A un viejo púgil, de Cartas para reinas de otras primaveras, 1985. 

-           Resurrección, de Poemas del País de Nunca Jamás, 1963. 

-           Retrato de mi padre, militante comunista, de Muertes y maravillas, 1971. 

-           Para hablar con los muertos, de Poemas secretos, 1965.

-           Murió Cárdenas, de El molino y la higuera, 1993. 

-           Despedida, de El árbol de la memoria, 1961.  

 

 

 

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