En 1903, en el II Congreso del POSDR, en
su “Discurso sobre el programa del Partido”, Lenin expuso la siguiente fórmula:
“Sabemos que los economistas han doblado el bastón de un lado. Para ponerlo
derecho alguien debía doblarlo del otro –y eso es lo que he hecho”.
Althusser, en su “Defensa de Tesis en
Amiens”, de 1975, interpretó la metáfora de la curvatura del bastón diciendo
que “… estamos forzados, en la medida en que es necesario forzar al cambio a
las ideas, a reconocer la fuerza que las mantiene en estado de curvatura,
imponiéndoles, mediante una fuerza contraria que anule la primera, la curvatura
contraria que se necesita para enderezarlas”.
La inflexión de estos enunciados tiene la
virtud de ser a la vez teórica y práctica, la forma de una conjetura arraigada
en la experiencia. Sin embargo, nada más lejos de la verdad.
El resultado de curvar un vástago con el fin
de enderezarlo sólo podrá ser, tarde o temprano, su fatiga primero, su fractura
después. A lo que habría que agregar que las fuerzas políticas que ejercen su acción
sobre el vástago social no necesariamente se neutralizan unas a otras. La política
de la neutralidad, llevada a cabo por la socialdemocracia liberal, sólo modera
las tensiones existentes, pero no las anula. Estas tensiones sólo requieren de
la constatación de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia o el desafío
de una estrategia contenciosa de los de abajo contra los de arriba, para que la
neutralidad muestre su verdadera faz, el de la neutralización.
En el entretanto, las fuerzas políticas en
disputa siguen tirando cada cual para su extremo y mientras más se fuerce para
un lado, tanto más violenta será la reacción del otro.
La intervención aliada en la Guerra civil
rusa, que se puso del lado de las fuerzas del Movimiento Blanco antibolchevique,
dejando como resultado una nación golpeada, agotada y aislada; el Tratado de
Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial, pero que incubó al mismo
tiempo el huevo de la serpiente del nazismo; el “bando nacional” que se sublevó
contra la Segunda República en España; o el Golpe de Estado contra la Unidad Popular
en Chile, que llevó a una revolución social que se encuentra a meses de cumplir
medio siglo de continuidad, son ejemplos reales de que la teoría de la curvatura
del bastón resulta, en la práctica, falsa, en tanto que el resultado no es un bastón
recto y liso (Lenin), sino la guerra civil, la reacción conservadora, el
revanchismo, en una palabra, la catástrofe.
Aunque sea una extrapolación tosca, lo
único que sigue siendo verdadero es la Tercera Ley de Newton, su principio de
acción y reacción.
Asistimos a la constatación de este
principio también hoy, en Chile y el mundo, respecto al despliegue de las políticas
de la identidad, ya sean feministas o LGBT.
A diferencia de lo que se podría esperar
del esfuerzo de los últimos diez años (y más) por enderezar el bastón curvado
por la violencia machista y la homofobia, los cambios legislativos, los
programas educacionales y el reconocimiento de la violencia de género, no se
han traducido en la reducción de femicidios o crímenes de odio, ni menos en el
derrocamiento del sistema patriarcal. Por el contrario, una ola reaccionaria crece,
se expande y multiplica.
No es que no haya habido o no estén
habiendo conquistas -si es que se las
quiere ver así- en estas
materias. Mayor acceso a la educación, reducción de la brecha laboral, protección
de los derechos sexuales y reproductivos, entre muchos otros, son logros
sustantivos que contribuyen a mejorar la vida de millones de mujeres y personas
pertenecientes al colectivo LGBT, aunque la brecha para estos últimos sigue siendo
mayor.
De lo que estamos hablando aquí es, por un
lado, de desmentir que en algún momento no habrá discriminación o habrá completa
igualdad (este afán se expresa, por ejemplo, en la idea de que las categorías transgénero,
intersexual, no binario, pansexual, etcétera, dejaran de servir cuando se llegue al respeto pleno); y por
otro, constatar el hecho de que lejos de alcanzar la paz perpetua, habrá,
está habiendo ya, una reacción igual o más poderosa que la acción antagónica. Y
mientras más grandes sean los esfuerzos por enderezar el bastón mediante la
curva contraria, la fatiga del material y su posterior fractura será inminente.
Pero para profundizar en esta problemática,
debemos alejarnos de la metáfora leninista. De este modo, ya no veremos el vástago
como un objeto, sobre el cual se ejercen presiones externas, sino como un
sujeto propiamente tal. Para este sujeto, estar en medio de fuerzas antagónicas,
los resultados pueden ser catastróficos.
El feminismo y el activismo LGBT tienen,
ciertamente, cuotas enormes de racionalidad y sentido. En verdad niños transgénero
se suicidan debido a la violencia, la discriminación, el aislamiento; hay
femicidios, hay acoso, hay desigualdad. Pero doblar el vástago para el otro
lado lo va a terminar por quebrar… Por ejemplo, un niño, un adolescente,
necesita cierta consistencia en su identidad; no puede transitar la ambigüedad
ni la indefinición sin salir lastimado.
A esto se agrega que, incluso para los
adultos, en su finitud -como toda vida-, las repercusiones por optar por
el camino contra el sistema patriarcal, contra las formas impuestas, contra la
violencia sufrida, pueden resultar de una enorme tensión afectiva y mental. Es
cierto que, de seguir por el camino impuesto, el resultado puede ser mortal.
Pero el acto salvador de dar la vuelta implica sacrificios, rupturas, soledades.
Y mientras se hacen esfuerzos colectivos monumentales para generar una pequeña
red de protección (círculos de mujeres, organizaciones de apoyo LGBT, etcétera), el
adversario redobla los esfuerzos para el resarcimiento.
Debemos agregar otra dificultad interna
de las políticas de la identidad. Las “agendas políticas” con las que actúan estos
grupos están hermanas con las de sus adversarios. Sucede que los grupos
conservadores e intolerantes moralmente, son liberales en lo económico. Y la política
de la identidad posee un sustrato, un fundamento liberal.
La locución latina “sapere aude”, “atrévete
a saber”, “ten el valor de usar tu propia razón”, con la que Kant define la Ilustración,
al igual que el inmanentismo de Hobbes, su antropología prometeica, fundamentan
tanto el mercado autorregulado y el individualismo moderno, como la idea de que
las identidades de género son construcciones sociales. La condición de
posibilidad de las políticas de la identidad es la misma que la de sus
adversarios.
Y las teorías y prácticas comunitaristas o
interseccionales, son marginales en el movimiento general de las políticas de
la identidad. Por eso ideas como “empoderamiento”, “deconstrucción”, “reivindicación
del goce”, terminan transformándose en prostitución virtual de miles de mujeres
jóvenes que buscan enriquecerse en Only Fans, o en elevados niveles de
problemas de salud mental en la comunidad transgénero.
Volviendo a la metáfora de la curvatura del
bastón -aunque ya no como
un objeto, sino como un sujeto-, nos encontramos
que de uno y de otro lado, lo que fuerza, lo que busca imponerse, es el
liberalismo, ya sea un liberalismo económico acompañado de un conservadurismo
moral (lo que comúnmente suele llamarse la “derecha”) o un liberalismo valórico
custodiado por el proteccionismo (la “izquierda” o el “progresismo”).
En medio de ambas potencias, el ser
humano, frágil, limitado, finito.
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