Puesto que el fracaso es una estructura innata del
ser humano, éste ha aprendido a reemplazar aquello que se le ha denegado. Hemos
desarrollado un enorme poder de autoconservación. Naturalizar la coerción, la
producción artística, los valores culturales, la religión y la ciencia, han
constituido luminarias en el abismo del desengaño. Ya sean las ilusiones
o los afanes vicarios, éstos varían con los signos de los tiempos. En el
nuestro, el dinero, el lujo, el estatus, el poder, ocupan zonas capitales en la
sustitución de los deseos incumplidos.
Evidentemente, a diferencia de los valores culturales o la religión, este repertorio de sustitutos sólo está disponible para la casta, quienes pueden echar mano a la acumulación de las diversas formas de capital (Bourdieu), cuando un plan se desmorona. Y es que, en no pocas ocasiones, ciertos sujetos triunfan precisamente cuando se viene abajo “un deseo hondamente arraigado y por mucho tiempo perseguido” (Freud).
El fracaso del proceso de innovación política iniciado en 2011 en Chile, truncado y desmontado entre el Acuerdo de noviembre de 2019 y el Plebiscito constituyente de 2022, ha significado un triunfo material preeminente para todo quien participe de la casta, es decir, para quien ejerza la política como profesión. El vínculo causal entre el fracaso de las aspiraciones populares de transformación económica-social y el éxito de quienes desarrollan carreras como políticos no puede ponerse en duda.
Como la política no es sólo una actividad racional, sino significativamente pasional, no basta con negar, omitir o disimular el fiasco, es necesario colmar el “espíritu” de jovialidades suplentes. Y como a nuestra moderna interioridad no le satisface trascendencia alguna (llámese arte o religión), la inmanencia del dinero, del lujo, el estatus y el poder, son el contenido conveniente para atiborrar el vacío.
La juventud no es un antídoto contra esta tentación. La juventud se deslumbra fácilmente ante el poder o el estatus. De este modo, las selfis en marchas o protestas, se sustituyen, sin escrúpulos, por el retrato periodístico con políticos de trayectoria u “hombres de Estado”; las contiendas callejeras se reemplazan por el palacio y los ministerios; la utopía por la realpolitik. Esto ha sucedido incontables veces. Y seguirá sucediendo incontables veces más.
Ser parte de la élite por supuesto que predispone a esta conversión; aunque, dado que el periodo de “rebeldía” es tan sólo un paréntesis, el fenómeno es más bien un regreso a la cuna que los vio nacer. Sin embargo, las clases medias, por su propia naturaleza, no pueden rehuir de la metamorfosis y tienden, a su vez, al arribismo; y ante la comprobación de la ficción de la meritocracia, por un lado, y la fragilidad de su condición mesocrática, por otro, optan por los “beneficios del sector público”.
Quienes triunfan cuando la política transformadora, de la que fueron parte, fracasa, integran las filas de lo que Gramsci denominó el “trasformismo”, a saber: “… la absorción gradual, pero continua y obtenida con métodos diversos según su eficacia, de los elementos activos surgidos de los grupos aliados, e incluso de los adversarios que parecían irreconciliablemente enemigos. En este sentido la dirección política se convirtió en un aspecto de la función de dominio, en cuanto que la absorción de las élites de los grupos enemigos conduce a la decapitación de éstos y a su aniquilamiento durante un período a menudo muy largo”.
El “trasformismo” forma pendant con la “revolución pasiva” en la tarea de solucionar las crisis orgánicas y disputas hegemónicas por medios reformistas o modernizadores, pero en ningún caso transformadores. Se trata de un reagrupamiento y reorganización de los sectores dirigentes, de la casta, con el objetivo de constituir un nuevo equilibrio de fuerzas y aislar la posibilidad de una alternativa “desde abajo”. Este proceso Gramsci también lo llamó “revolución-restauración”.
Volviendo a nuestros nuevos profesionales de la política, quienes hacen carrera a partir del fracaso popular, aunque omitiéndolo, o incluso a partir de la zombilización de las ilusiones, el trabajo analítico nos muestra fácilmente que no se trata de mera hipocresía y oportunismo, sino de un mecanismo psico-afectivo que prohíbe al sujeto sucumbir a la pesadumbre o al nihilismo. Y como se trata de un rayano del proceso político, el hecho de que la experiencia se perciba de forma colectiva, es más fácil para el individuo volverse acrítico (habría que agregar aquí al militante de base, al “compañero”, que se queda en el barrio o en el sindicato, creyéndose indestructible porque gracias a su Partido no termina en sí mismo…). Por lo demás, dinero, lujo, estatus, poder, tornan más cómoda aún la tarea. A lo que se agrega una enorme satisfacción moral por cumplir fielmente una labor ciudadana.
No obstante todo lo dicho hasta aquí, es menester indicar que quienes no integran este reagrupamiento del sector dirigente, ya sea porque se trata de gente sencilla que no transita por los patios interiores de la democracia, dedicándose a labores de sobrevivencia, consagrando su tiempo a las necesidades inmediatas, o quienes tienen una convicción política y no una carrera política, e incluso el militante de base que es testigo de cómo sus compañeros “mejor preparados” para cumplir labores de Estado parecieran desviarse de los principios, es decir, todo aquel que ni influye ni participa del poder (Weber) y que no puede eludir las consecuencias del fracaso, las consecuencias de la derrota popular, puede, en medio de la catástrofe, encontrar también su pequeño, cotidiano y muy concreto triunfo. Esta utopía concreta (H. Lefebvre), su todavía-no (E. Bloch), lo encontrará en la solidaridad con el familiar o el vecino, en la dedicación a su profesión u oficio, en el droit à la paresse, en la des-necesaria pasión artística o amorosa, en la resistencia a la tentación del dinero, del lujo, del estatus y del poder.
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