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¿GOBIERNAN EL ESTADO?

 

¿Quién, quiénes o qué gobierna realmente el Estado? Ya es bastante evidente que los gobiernos son meros administradores de algunos ámbitos y/o elementos del Estado; y que conquistar el gobierno no es conquistar el poder. Ciertamente se accede a una cuota sustantiva de poder, aunque no la suficiente para generar una modificación de las relaciones de fuerza. ¿Y qué es el poder sino, precisamente, el elemento gravitante de las relaciones de fuerza, con el cual una clase realiza sus intereses específicos (Poulantzas)?

 Los gobiernos no son capaces de modificar las relaciones de fuerza en el seno del Estado. Los gobiernos no gobiernan. Lo que realmente gobierna es el funcionamiento mismo del Estado. Cuando entendemos el comportamiento del Estado, somos capaces de delimitar el campo de acción del gobierno. Por lo tanto, el Estado gobierna al gobierno. Los gobiernos ejecutan la voluntad del propio Estado.

 Dos elementos esenciales a la hora de comprender el comportamiento del Estado, son, por un lado, “la coyuntura relativa del Estado” (cuando el Estado no es un instrumento subordinado a la clase dominante) y la “selectividad estratégica del Estado”, por otro. Sin embargo, estos dos elementos no son simétricos. Por el contrario, el primero siempre estará supeditado al segundo.

 La coyuntura de la autonomía relativa del Estado (que, por ejemplo, generó la ilusión de la Unidad Popular de crear el socialismo en Chile), establece la promesa de que llegando al gobierno se podrían generar reformas o transformaciones más sustantivas que desde la sociedad. Esta estrategia política, empero, choca y se descalabra ante la “selectividad estratégica del Estado” (Bob Jessop), que determina la trayectoria de lo posible. La coyuntura de la autonomía relativa nunca es superior a los mecanismos institucionales y prácticas políticas que constituyen la “selectividad estratégica”.

 ¿Obra el Estado por sí mismo? No, obra producto de las relaciones de fuerzas y los intereses de las clases dominantes, que determinan lo que es y no es posible. ¿Puede gobernarse el Estado? ¿Puede crearse un Estado? ¿Puede derrumbarse un Estado? Sí. Pero no puede hacerlo cualquiera. Y, concluyentemente, no son los gobiernos los llamados a hacerlo. Son los “bloques históricos” (Gramsci), que no necesariamente deben estar en el gobierno para ejercer su poder en el Estado y determinar lo posible. Por lo demás, los “bloques históricos” están anclados, tras la II Guerra Mundial y cada día más, a elementos de política internacional.

 (El bloque histórico que constituyó a la Concertación de Partidos por la Democracia (liberalismo + socialdemocracia) no ha estado ni un sólo instante apartado del poder, aún en el periodo en que gobernaron sus supuestos adversarios (liberalismo + pinochetismo). Y hoy mismo sigue estándolo, habiendo realizado una de las acrobacias más complejas y excepcionales del arte de la política: el relevo generacional. La grand jetés de la Concertación sólo es comparable con el establecimiento del orden portaliano.)  

Un elemento de la “selectividad estratégica” es lo que se ha denominado como la “gobernabilidad” o “gobernanza”. La realpolitik de la gobernanza ha sustituido la utopía de la “superación del capitalismo”. Por lo tanto, los gobiernos no pueden, por su condición de gobierno, entregarse a la utopía, sino que, por el contrario, han de limitarse a la gobernanza. De este modo, la gobernanza gobierna al gobierno. La inercia del Estado cae sobre el gobierno.

 Cuando los gobiernos buscan demostrar credenciales democráticas o los gobernantes manifestar su talante de estadistas (lo suelen hacer incluso obsesivamente), no hacen sino caer en las redes de la “gobernanza”, en la trayectoria de la “selectividad estratégica”, en el légamo de la realpolitik.

 Los gobiernos deben asumir su impotencia. Las promesas de los gobiernos siempre se cumplirán a medias; o no se cumplirán. Eso no es un problema, es una realidad. Si la realidad fuera un problema, entonces no habría nunca solución. Lo que sí es un problema es generar expectativas que jamás se cumplirán, por lo que frustran y dividen a la clase contenciosa que busca la modificación de las relaciones de fuerza, produciendo un estado anímico, moral y político de decepción, desengaño y desidia.

 No se trata de abandonar la contienda política por el gobierno, sino de determinar su real capacidad, el alcance y límite de su trayectoria. Y de este modo, despejar, de una vez por todas, el engaño o la ilusión de que el gobierno puede sustituir a la sociedad.

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