Uno de los grandes errores de la izquierda
chilena a la hora de plantearse la posibilidad de la conquista del poder del
Gobierno y la conducción del Estado, con el objetivo de llevar a cabo
transformaciones al sistema neoliberal, fue tomar como referentes los triunfos
de países latinoamericanos, a inicios del siglo XXI, como Bolivia, Ecuador, Uruguay,
Brasil, Argentina e inclusive Venezuela; y más específicamente, tomar sus
propios referentes teóricos, tales como García Linera, Enrique Dussel o
Boaventura de Sousa Santos.
El caso de Bolivia fue visto con
particular admiración, puesto que, a diferencia de Venezuela, había mantenido
el sistema democrático; a diferencia de Argentina, había creado y sostenido una
enorme estabilidad; a diferencia de Uruguay, había construido una épica. Haber
tomado como ejemplo el proceso de cambio boliviano y las teorías de García
Linera sobre el Estado, el partido-movimiento, la plurinacionalidad, etc., fue
un error porque, en primer lugar, se olvidó que el Estado boliviano era un
armazón enclenque, racista, construido de derrotas. El triunfo y los sucesivos
logros del MAS y los gobiernos
de Evo Morales (2006-2019), produjeron en la izquierda chilena un espejismo, la
ilusión de un oasis que se debía seguir, generando el olvido que el Estado
chileno, desde la Guerra del Pacifico (1884), hasta los sucesivos gobiernos de
la Concertación (2006), era superior al boliviano.
En segundo lugar, porque Chile
mismo, territorial y geopolíticamente, en población, recursos y como identidad
o referente cultural, es mundialmente más valorado y codiciado que Bolivia. Por
lo tanto, lo que sucede en Chile es estratégicamente más relevante para el
sistema-mundo, para los intereses de las superpotencias internacionales. Lo
mismo se puede decir en comparación a Uruguay: quién gobierne Uruguay o quién
lo haga en Bolivia, tiene un valor relativo menor a quién gobierne Chile o
Brasil. El nivel de impacto, no sólo económico y político, sino también
valórico y cultural, que puede producir lo que pasa en Chile, es mayor a lo que
pase en Bolivia. Por eso derrocar el gobierno de Allende era tan importante
para Estados Unidos. Por eso, controlar, reducir y anular el Estallido
social de 2019 fue una tarea a la que toda la casta política se abocó.
El espejismo fue tan convincente que
se creyó que se podría construir la plurinacionalidad en Chile, olvidando que
no sólo en términos cuantitativos la población indígena en Bolivia (o Ecuador)
es superior a la que se encuentra en el Estado chileno (se puede hablar
aproximadamente de un 60% en Bolivia y un 12% en Chile); y que en términos
cualitativos también lo es. Por ejemplo, “sólo el 10% de los mapuche habla el mapuzugun
y apenas otro 10% la entiende, mientras que el resto no tiene ninguna noción
del idioma” (https://news.un.org/es/story/2019/04/1454571); o que la forma
de vida de los indígenas bolivianos, debido a la debilidad histórica de su
Estado, es relativamente autónoma, identitariamente fuerte, con una cultura y
prácticas propias, en cambio en Chile, a pesar del racismo, la “integración” es
casi generalizada.
En definitiva, la izquierda olvidó que
el Estado chileno era superior al Estado boliviano y que, por lo tanto,
planteaba mayores y más complejos desafíos. Por eso, todo lo que se concibió o
visualizó ha tenido que ser modificado. Y por eso es que se ha estado
fracasando tan rotundamente al intentar transformaciones sustantivas. Por eso
(además de otros motivos, claro está) fracasó la Convención Constitucional y el
proyecto de Nueva Constitución.
Como ya se ha visto, el error no
sólo concierne o involucra al Gobierno y la conducción del Estado, sino también
a la sociedad, por ejemplo, con el proyecto de plurinacionalidad; aunque
también en cuanto al movimiento socioambiental y movimiento feminista. Se creyó
que se podría haber construido un movimiento socioambiental tan grande como en
Bolivia, que compartió protagonismo junto a los sindicatos indígenas en la
Guerra del Agua, la Guerra del Gas, los regantes... Pero esto no ha sucedido así.
Por el contrario, ha habido un estancamiento enorme de los movimientos
socioambientales en Chile, tanto en sus recursos de movilización como en sus
idearios… Y se creyó, igualmente, que el movimiento feminista iba a generar una
identidad política suficientemente fuerte para tener un nivel de conducción
sobre la propuesta constitucional, mientras que, también por el contrario, más
allá de sus logros, ha generado una reacción cada vez mayor contra sí, es
decir, han emergido fuerzas patriarcales, machistas y misóginas que mantienen
un enorme poder factual y cultural y que hoy están retomando la iniciativa y la
batalla.
Pero no sólo haber tomado a Bolivia
como referencia fue un error, sino también, por ejemplo, Brasil y Argentina. La
izquierda chilena olvidó que la sociedad civil argentina es superior a la propia,
manteniendo mayores niveles de autonomía respecto al Estado y al Mercado. El
sistema de mercado en Chile es dominante, al punto que podemos hablar de una
sociedad mercado-céntrica. Y en cuanto a Brasil, podemos dar como ejemplo el
nivel de la militancia político-territorial o la existencia de un campesinado
en todo el territorio brasileño. Chile no cuenta ni con militancia (compárese,
por ejemplo, no sólo a la del PT, sino del MST) ni con campesinos. La
militancia es fundamental para asumir un gobierno y los campesinos son
cardinales a la hora de proponer y crear un nuevo modelo económico.
En cuanto a Venezuela, no había
posibilidad de tomarla como referencia (aunque los comunistas lo intentaban de
forma puramente retórica), puesto que el sistema jerárquico de las Fuerzas
Armadas en Chile hace imposible su ocupación popular; la tradición democrática
(aunque sólo sea entendida como régimen político) o la experiencia de la
dictadura, no permitiría legitimar una alteración a la división de poderes; y
el antipopulismo o anticaudillismo propio de nuestra cultura política, no
consentiría un liderazgo carismático como el de Chávez.
No por un afán eurocentrista, sino
por una realidad opaca, hubiese sido mejor haber estudiado y tomado como
referencia los casos de Grecia, España y Portugal, antes que los de los restos
de países latinoamericanos. Pero no sólo haber tomado en consideración la
llegada de las izquierdas a los Gobiernos de los países del sur de Europa, ya
sea de forma directa como en Grecia, por alianza como España o pacto como en
Portugal, sino también sus propios y sistemáticos fracasos. En Grecia, España y
Portugal, la izquierda también ha fracasado. Ese mismo fracaso hubiese sucedido
en Chile si la izquierda hubiese seguido sus ejemplos. Pero al menos hubiese
sido un fracaso producto de la realidad y no, como ahora, el fracaso de las
ilusiones.
Cuando la realidad fracasa, aún se
puede apretar los dientes, dar pie atrás, cambiar la táctica y volver a
intentarlo. Pero cuando fracasan las ilusiones, los sueños, la utopía, sólo
queda esperar dos o más generaciones que vengan con sus ilusiones propias.
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