En La fronda aristocrática (1928), Alberto
Edward constató la crisis nacional desde la consideración o énfasis del rol de
la clase alta chilena, perdiendo de vista el movimiento popular. Para un
miembro de la aristocracia, con un punto de vista tradicionalista y
conservador, donde la masa trabajadora sólo debía tener una actitud pasiva, la
cultura obrera, comunista y ácrata, no podía implicar otra cosa que caos. Sin
embargo, fue capaz de reconocer hondamente la decadencia de la aristocracia que
devino oligarquía, fronda, es decir, una visión de mundo de cortedad mercantil
y pecuniaria, así como la emergencia de sectores educados e intelectuales
que incitaron la movilización del pueblo, en base, según él, de odios y
envidias. Pero no fue capaz de ver que los sectores educados e intelectuales
constituirían el fundamento mismo del régimen constitucional del 25, debido a
la serie de reformas sustantivas que permitía (y de hecho permitió hasta 1973)
la Constitución de los expertos de Alessandri Palma (muy distinta a la
Constitución del 80, cuya característica es la de no permitir más que reformas
superficiales).
No obstante, no sólo fue la apertura del andamiaje
constitucional a las reformas y el rol de los sectores educados e intelectuales
(abogados, docentes, médicos, asalariados, etc.), lo que permitió que en Chile
se constituyera un Estado desarrollista y mesocrático, sino la propia cultura
proletaria que, con una estrategia paralela que se orientaba, por un lado, a la
conquista del Estado, y, por otro, a la autonomía societal, hizo que la
burguesía tuviera que ceder ante las presiones populares para evitar una
revolución en Chile. Por supuesto, la integración de las demandas de clases
trabajadoras (derechos sociales) sólo se realizaban cuando no se podía recurrir
a la violencia desnuda (la que acabó con el movimiento ácrata durante el
periodo de matanzas obreras, o la promulgación de la Ley Maldita, cuyo objetivo
no sólo era ilegalizar al PC, sino evitar la sindicalización campesina).
De esta manera, la salida de la crisis (no sólo
capitalista) de comienzos del siglo XX, no vino, como esperaba Edward, de la
recomposición espiritual de la aristocracia, que, apoyándose de un Ejecutivo fuerte
y neutral (es decir, nacional, que suprimiera la lógica de fronda o
casta), restableciera el orden y la tradición (el fracaso de Ibáñez significó
el fracaso de Edward). Por el contrario, la crisis se resolvió con un
equilibrio siempre frágil y parcial, sostenido por la burguesía, cuyo
eje espiritual fueron los valores radicales (PR) y socialcristianos
(DC). Pero también de la cultura obrera, e incluso de la cultura comunista, que
gestó en el pueblo un espíritu autónomo.
Esta reforma espiritual, o, si se quiere, moral y
cultural, por supuesto que para la clase representada por Edward no era más que
degradación, modernidad y, por lo tanto, decadencia de occidente;
el enemigo. Pero desde una perspectiva sociológica, constituyeron una
movilización de valores y formas de vida, de asociatividad y creatividad, que
dieron paso a la salida de la crisis nacional decimonónica, mediante dos nuevas
culturas, la mesocrática y la obrera.
El proceso político que inició en los años veinte y
terminó de manera abrupta y contundente en septiembre de 1973, sólo fue posible
en base a la cultura radical, socialcristiana y comunista
(la cultura ácrata no sólo fue eclipsada por las matanzas obreras -cuyos
principales líderes asesinados fueron anarquistas-, sino también por la pasión
por el Estado). Intelectuales, profesionales, trabajadores de todos los
estratos y disciplinas, artistas y artesanos, pertenecían a una de estas
tendencias. Las grandes orquestas, filarmónicas y ballet, las vanguardias
literarias o pictóricas, los géneros y movimientos musicales llamados
“populares” o “folclóricos”, las escuelas y agrupaciones teatrales, enriquecían
la militancia, propugnaban la mística, suscitaban la seducción. En ese proceso
se rehabilitó la cultura ácrata, aunque con dos nuevos matices, distinto al
obrero, un anarquismo más bien anímico o tolstoiano, y desde un movimiento
juvenil libertario o ultraizquierdista.
Para que dos experimentos políticos tan
contundentes como lo fueron la “revolución en libertad” de la DC y la UP fueran
posibles, tenían que ser prefigurados por la cultura y la sociedad (la emergencia
de la figura de Violeta Parra es ejemplo de esto). Pero, además, el proceso
social debía ser encauzado por identidades colectivas consistentes, no
gelatinosas; relativamente autónomas tanto del Estado como del Mercado (es
decir, proporcionar seguridad por sí mismas); y capaces de formar una cohesión
o bien intergeneracional o bien interclasista.
Aquel proceso integral fue devastado por la
Dictadura Militar; de ahí el dramático simbolismo del asesinato de Víctor Jara.
Sin embargo, había sido tan enérgico y dinámico culturalmente, que propició el
nacimiento del Canto Nuevo, la poesía de resistencia, la performance artística,
el rock de los 80, expresiones que, de uno u otro modo, aunque precariamente,
combatieron el “apagón cultural”.
No obstante, la Dictadura Militar llevó a cabo una
verdadera revolución social, esto es, no sólo política, no sólo económica, sino
integral. Creó nuevas identidades, líquidas; otros valores, individualistas y
competitivos; desincentivó la asociatividad. Ejecutó la muerte de la
condición obrera y la perversión de los valores socialcristianos. De un
régimen económico y constitucional Estado-céntrico (1925-1973), aunque con
niveles significativos de autonomía societal, se creó un nuevo régimen
Mercado-céntrico, que persiste hasta hoy en día.
Si bien en los años 90 y 2000 se configuraron identidades
colectivas alternativas, es decir, que lograron cierta autonomía (a
diferencia del feminismo de los 80 que se institucionalizó en los 90), como la
mapuche, socioambiental y anarquista (con un nuevo matiz, de carácter
universitario), no fue hasta 2011, con el movimiento estudiantil, que la sociedad
chilena comenzó a reavivarse. El proceso cultural y valórico, iniciado por los
estudiantes, secundarios y universitarios, creó un nuevo proceso político que
desembocó en el Estallido social de 2019. Por supuesto que las razones
del estallido fueron la desigualdad, el malestar y la indignación, producido
por el sistema neoliberal, pero fue el entusiasmo juvenil, no sólo político,
sino artístico y cultural (de hecho, con un cierto tono anti-político), el que
engendró la energía para hacer frente al “modelo”.
Ahora bien, ¿las identidades colectivas que
emergieron desde 2011 no habían dejado de estar bajo el dominio del régimen
Mercado-céntrico, ni eran consistentes, no proporcionaban seguridad por sí
mismas, ni generaban cohesión intergeneracional o interclasista? En ciertos
casos cumplían con algunos de estos requisitos, en otros no. Por ejemplo, el
movimiento feminista sí logró cierto nivel intergeneracional e interclasista,
sin embargo, no era consistente, en el sentido de que variaba de colectivo en
colectivo, no proporciona seguridad por sí misma (aunque discursivamente
plantee la autonomía, la realización de sus objetivos no pueden sino apelar al
Estado) ni logra liberarse del hálito de mercado (en paralelo al crecimiento de
las activistas feministas, aumenta exponencialmente la cosificación, sexualización
e incluso comercialización de la mujer). Por supuesto que no es responsabilidad
del feminismo, sino que es por causa de la titánica revolución capitalista
neoliberal a nivel global y en Chile en particular. Lo mismo se puede decir del
movimiento mapuche o socioambiental o las agrupaciones de izquierda o los
movimientos propiamente culturales, como el rap (que están muy lejos de
alcanzar lo que hizo la Nueva Canción Chilena).
Pero, además, no es que aún sean débiles y que
deban seguir fortaleciéndose, sino que están incapacitadas de cuajo. No puede
haber ya ninguna identidad colectiva sólida. Todas están sometidas a la condición
posmoderna o sobremoderna o ultramoderna, a lo líquido y gelatinoso. No
sólo la condición obrera ha muerto, sino que ha muerto también la cultura
comunista tal como la conocimos en el siglo XX. Otro ejemplo: más allá de
cierta mística, estética o retórica, la cultura comunista no genera una
autonomía, sino que apela a la política universitaria, la profesionalización,
el puro fortalecimiento partidista y el copamiento estatal (aunque mantiene
niveles nobles de solidaridad barrial).
Independientemente que Alberto Edward
imaginara una salida a la crisis en base a una recomposición de “fuerzas
espirituales” colaborativas, nacionales, venida de la clase alta chilena, pero ésta
salida emanara, en oposición, de la cultura y valores mesocráticos y obreros (radicales,
socialcristianos y comunistas), en ambos casos el proceso político implicaba
como fundamento un proceso social integral. Por lo tanto, si toda crisis
requiere de un proceso tal para hallar su salida, ¿de dónde puede provenir una
nueva “fuerza espiritual” en nuestro tiempo y lugar? Si la sociedad chilena es
irrestrictamente Mercado-céntrica (potenciada por el uso de las tecnologías y
redes sociales), lo que implica una mercantilización y liberalización del ser
humano y la naturaleza, ¿podemos siquiera seguir hablando de “fuerzas
espirituales”? Ante el individualismo, la cultura de competencia, el
endeudamiento crónico, el escepticismo y, por qué no decirlo, el nihilismo que
se llena de seudoespiritualidad, managers, coaches, youtuber y tiktoker, ¿puede
haber una salida a la crisis? Ante la muerte de la condición obrera, la
dispersión y abiertas divisiones, soberbias y descreimientos de las izquierdas,
pérdida de autonomía y sometimiento a la política universitaria, al estatismo y
las ansias de poder, ¿puede recomponerse una cultura alternativa? ¿De dónde
puede venir una salida de la crisis?
Acaso el juego de poderes, anhelado por Edward,
proveniente de las clases altas, encuentren una nueva oportunidad histórica.
Pero ya absolutamente despojadas de los valores premodernos, católicos,
hispanistas y comunitarios. Sólo le queda el orden jerárquico y la tradición
decimonónica liberal, que no podrá desconocer a su aliado del siglo XX, el
fascismo.
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