Qué la práctica haya ganado a la teoría en el
Plebiscito Constitucional de Salida de 2022, no significa que la Realidad se
haya impuesto a la Utopía, ni la Verdad a la Mentira. Se trató del éxito de la
eficiencia por sobre la ineficiencia; de la política comunicacional capaz de
fijar la agenda del debate público por sobre la perorata progresista, grumosa y
autocomplaciente.
La idea de plurinacionalidad marcaba un horizonte de época, por lo demás, de carácter continental, topológico: el Sur. Hace referencia, como dice Boaventura de Sousa Santos (2007), a las contradicciones de las sociedades, a la posibilidad de transformar la sociedad, los Estados y la democracia, a la generación de prácticas alternativas, culturales y desmercantilizantes, al empoderamiento de nuevos actores y revitalización de territorios… Y a la vez, como lo expresó García Linera (La Migraña, n°4, 2012), una nueva forma de aparecer de aquello que se denominó “producción democrática del socialismo”.
La idea de socialismo había ya fracasado, tras las dictaduras, la caída de la URSS y la modernización neoliberal. Llevó décadas revivirlo. Un resurgimiento fue el Socialismo del siglo XXI de Chávez, pero está experiencia quedó aislada y encasillada. La plurinacionalidad, en cambio, tuvo mayor capacidad de permear no sólo en la política, sino en las comunidades indígenas (Bolivia, Ecuador, Perú e incluso Colombia), así como en las academias de toda Latinoamérica.
El fracaso de la idea de plurinacionalidad en Chile implica la cardioversión del Estado-nación, monocultural y liberal. Y cómo se puede constatar en la actual coyuntura política, los códigos y prácticas liberales operan a lo largo de todos los actores, sin posibilidad de sustitución. El gobierno, por ejemplo, busca ampliar sus alianzas incorporando a más profesionales a la Administración o integrando nuevos partidos a la coalición. Pero en caso alguno se plantea la posibilidad de un nuevo bloque en el poder, de integrar a estudiantes, trabajadores, comunidades, pueblos indígenas, etc.; ni qué hablar de clases populares o sectores subalternos.
No se trata, empero, sólo de una cuestión política. Porque incluso ante el supuesto que se generara una alternativa política (cuestión definitivamente improbable), la idea de plurinacionalidad quedó asociada ya a desorden, ideologización, colectivización y anti-nación. Y el panorama actual, determinado por la crisis migratoria, la delincuencia, los estados de excepción, el terrorismo, el chovinismo; y aquello, en su vínculo en torno a la refinanciación y relegitimización de las FFAA; y haciendo pandán con la comunión en torno a la política representativa y liberal, no hace sino confirmar la liquidación de la idea de plurinacionalidad, y con ella, la de cualquier horizonte post-capitalista e inclusive post-neoliberal.
No obstante, decíamos al comienzo de esta nota que no es que la Realidad se haya impuesto a la Utopía, ni la Verdad a la Mentira. No es que la Utopía persista a la distancia o que la Mentira se vaya a develar, puesto que simplemente ni Utopía ni Mentira son conceptos que tengan alguna eficacia política, quedando relegados a lo testimonial. Pero ni la Realidad ni la Verdad se impusieron, sino que se impuso la Apariencia, puesto que ni la política ni la economía liberal tienen la capacidad de corresponderse con la conflictiva y abigarrada pluralidad social, por lo que el Estado seguirá negando su base social, el Estado aparente y su Hegemonía incompleta (R. Zavaleta) seguirán negando al pueblo.
Lo dramático es que no hay alternativa. Por eso hablamos de plurinacionalidad ominosa, dado que en el núcleo mismo de la familiaridad liberal (que claramente es conservadora), brotará, aunque sea de forma discontinua, la monstruosidad de este fracaso.
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