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LA PLURINACIONALIDAD OMINOSA

 

Qué la práctica haya ganado a la teoría en el Plebiscito Constitucional de Salida de 2022, no significa que la Realidad se haya impuesto a la Utopía, ni la Verdad a la Mentira. Se trató del éxito de la eficiencia por sobre la ineficiencia; de la política comunicacional capaz de fijar la agenda del debate público por sobre la perorata progresista, grumosa y autocomplaciente.

 Un aspecto central en el que triunfó la opción del Rechazo fue el concerniente a la idea de “plurinacionalidad”. Con la eficacia propia de la estrategia populista (donde una característica primordial es la de un discurso simple y directo, con capacidad de impugnación), se apeló a la familiaridad de la Nación por sobre la extrañeza de lo plural, a lo uniforme contra la desestructuración, a la aculturación frente a la interculturalidad. No cabe a nosotros señalar que no se escatimó en fake news. Baste decir que hubo un mayor bagaje y aproximación a lo popular. Ni toda la producción de conocimiento académico, ni la ideología y doctrina militante, ni la arenga identitaria y afectiva, pudo contra el refrán popular que dice: “Más vale diablo conocido que santo por conocer”.

 De nada sirve preguntarse por qué se rechazó la plurinacionalidad, máxime cuando aquello es secundario respecto al hecho de que la idea de plurinacionalidad quedó, para Chile, desterrada de las condiciones de posibilidad de la mente social colectiva (E. Morin). Podrá seguir siendo pronunciada en asambleas universitarias o grandilocuentes jornadas militantes. Sin embargo, lo cierto es que no está ni estará disponible como recurso aglutinante o movilizador. Y esto es, tal vez, peor aún que haber perdido el Plebiscito.

 Las votaciones se pueden perder (es parte del juego del mercado electoral). Pasará un año o dos, y vendrán nuevas elecciones. Pero las ideas se configuran a lo largo de décadas.

La idea de plurinacionalidad marcaba un horizonte de época, por lo demás, de carácter continental, topológico: el Sur. Hace referencia, como dice Boaventura de Sousa Santos (2007), a las contradicciones de las sociedades, a la posibilidad de transformar la sociedad, los Estados y la democracia, a la generación de prácticas alternativas, culturales y desmercantilizantes, al empoderamiento de nuevos actores y revitalización de territorios… Y a la vez, como lo expresó García Linera (La Migraña, n°4, 2012), una nueva forma de aparecer de aquello que se denominó “producción democrática del socialismo”. 

La idea de socialismo había ya fracasado, tras las dictaduras, la caída de la URSS y la modernización neoliberal. Llevó décadas revivirlo. Un resurgimiento fue el Socialismo del siglo XXI de Chávez, pero está experiencia quedó aislada y encasillada. La plurinacionalidad, en cambio, tuvo mayor capacidad de permear no sólo en la política, sino en las comunidades indígenas (Bolivia, Ecuador, Perú e incluso Colombia), así como en las academias de toda Latinoamérica. 

 Debatir, pensar, producir conocimiento y, en la medida de lo posible, prácticas en torno a la plurinacionalidad, significaba hacerlo también respecto a la autorepresentación, el autogobierno, la autodeterminación, las identidades indígenas, la democracia comunitaria, la territorialidad, la desestructuración de la institucionalidad del Estado-nación colonial, los derechos colectivos y la justicia histórica, el pluralismo económico y jurídico, la innovación sobre la forma liberal de la política, e incluso de la “superación” de la Modernidad.

El fracaso de la idea de plurinacionalidad en Chile implica la cardioversión del Estado-nación, monocultural y liberal. Y cómo se puede constatar en la actual coyuntura política, los códigos y prácticas liberales operan a lo largo de todos los actores, sin posibilidad de sustitución. El gobierno, por ejemplo, busca ampliar sus alianzas incorporando a más profesionales a la Administración o integrando nuevos partidos a la coalición. Pero en caso alguno se plantea la posibilidad de un nuevo bloque en el poder, de integrar a estudiantes, trabajadores, comunidades, pueblos indígenas, etc.; ni qué hablar de clases populares o sectores subalternos.   

No se trata, empero, sólo de una cuestión política. Porque incluso ante el supuesto que se generara una alternativa política (cuestión definitivamente improbable), la idea de plurinacionalidad quedó asociada ya a desorden, ideologización, colectivización y anti-nación. Y el panorama actual, determinado por la crisis migratoria, la delincuencia, los estados de excepción, el terrorismo, el chovinismo; y aquello, en su vínculo en torno a la refinanciación y relegitimización de las FFAA; y haciendo pandán con la comunión en torno a la política representativa y liberal, no hace sino confirmar la liquidación de la idea de plurinacionalidad, y con ella, la de cualquier horizonte post-capitalista e inclusive post-neoliberal. 

No obstante, decíamos al comienzo de esta nota que no es que la Realidad se haya impuesto a la Utopía, ni la Verdad a la Mentira. No es que la Utopía persista a la distancia o que la Mentira se vaya a develar, puesto que simplemente ni Utopía ni Mentira son conceptos que tengan alguna eficacia política, quedando relegados a lo testimonial. Pero ni la Realidad ni la Verdad se impusieron, sino que se impuso la Apariencia, puesto que ni la política ni la economía liberal tienen la capacidad de corresponderse con la conflictiva y abigarrada pluralidad social, por lo que el Estado seguirá negando su base social, el Estado aparente y su Hegemonía incompleta (R. Zavaleta) seguirán negando al pueblo.

Lo dramático es que no hay alternativa. Por eso hablamos de plurinacionalidad ominosa, dado que en el núcleo mismo de la familiaridad liberal (que claramente es conservadora), brotará, aunque sea de forma discontinua, la monstruosidad de este fracaso.

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